Alfonsina Storni – Diario de Flores
Buenos Aires, 22/08/2017, edición Nº 2544
Actualidad

Alfonsina Storni

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Fecha Publicación: 16 Enero, 2010

Nació en un pequeño pueblo suizo el 26 de mayo de 1892. Hija de Alfonso Storni y Paulina Martignoni, la familia se radicó luego en San Juan y finalmente en Rosario, Santa Fe. Allí vivió Alfonsina hasta los 20 años, en que se trasladó a Buenos Aires, donde nació su hijo Alejandro, iniciando una nueva etapa que la ubicaría en una brillante posición. Integró tres definidos grupos literarios a saber: “Anaconda”, incorporada a él por Fernández Moreno, quién sentía gran estima por ella; “La Peña”, liderada por Benito Quinquela Martín y “Signos”, con De la Serna y Federico García Lorca, esto último cuando viajó a España.
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Escribe Nicolás de Borbón
Mucho se ha escrito sobre Alfonsina. Tal vez, por incidencia de los matices volcánicos emergentes de la polifacética personalidad de la escritora y si bien admite ella el carácter depresivo de su padre, el cual ocasionó inestabilidad económica en la familia, su entorno era bueno y no oscuro como casi siempre se ha dicho. Su madre era artista e interpretaba música culta en su hermoso piano de cola, obsequio de Alfonso. Tenía voz lírica y era además docente. Los altibajos en dinero, son avatares de la vida.
Entre las obras que la condujeron al estrellato están “La inquietud del rosal”; “Irremediablemente”; “Ocre” y “Languidez”, entre tantas otras.
Citaré una poesía de su frondosa producción:
Ven
Ven esta noche amado; tengo el mundo
Sobre mi corazón…la vida estalla…
Ven esta noche, amado, tengo miedo
de mi alma.
¡Oh, no puedo llorar! Dame tus manos
y veraz como el alma se resbala
tranquilamente; como el alma cae
en una lágrima.
Su poesía es trágica y vida al mismo tiempo; el amor es el rasgo más destacado. Todo tiene raro encanto y sugestiva belleza.
En 1935, enfermó gravemente y le dirigió una carta a Leopoldo Lugones a quien tanto admiraba diciéndole: “Siento deseos de arrojarme al río”. Entonces, el gran poeta cordobés, para calmarla, le respondió con inefable piedad: “No se mate en este río sucio”.
En la obra de Alfonsina, se advierte una clara influencia lírico modernista, algo también de vanguardismo. Por momentos es clásica, y el superlativo romanticismo, compañero inseparable de su vida, aflora a cada instante.
Era pequeña su figura, como inmenso el ínclito valor de hoplita espartano que evidenciaba para vencer el infortunio. Alcanzó a establecer una relación sentimental con el poeta uruguayo Horacio Quiroga, pero se disolvió amistosamente.
Uno de sus domicilios, aparte del de Terrada a metros de la Avenida Avellaneda, fue el situado a tan solo seis cuadras de la casa de Baldomero Fernández Moreno, en José Bonifacio 2015, en pleno corazón de Flores. Este dato es un motivo de sano orgullo para San José de Flores, pues dos gigantescas figuras de los cantares poéticos han vivido bajo su cielo.
En las veladas que se realizaban entre sus pares, se mostraba participativa y chispeante, animándolas, cantando trozos de ópera, como lo hacía su madre.
Personalmente, tengo la convicción de que ese viaje a Mar del Plata, a la postre, el último, fue el plazo que Alfonsina concedió a la vida para que esta no diera lugar a los temidos recurrentes dolores que padeció. El destino cruel los hizo reaparecer, ya el algia tomó uno de sus brazos. Comprendiendo la imposibilidad de enfrentar dificultades insalvables, decidió partir para siempre. Amada con intensidad de buena madre a su hijo Alejandro como para dejarlo abandonado a su suerte, por ende, no estamos ante un caso de suicidio patológico banal e irreflexivo.
Aquel 25 de octubre de 1938, dejó caer el telón final sobre sus efervescentes 46 años, en las circunstancias por todos conocidas, buscando quizá una influencia con los inimaginables misterios del cosmos.
Alfonsina partió de este mundo, en la creencia de que nadie la amó tan profundamente como sólo ella era capaz de amar, elevando el sentimiento hasta el paroxismo.
Como su gran amigo Baldomero Fernández Moreno, Alfonsina transitó las calles y veredas del viejo San José de Flores, que también lloró su partida.
Estos seres maravillosos nos redimen tanta estulticia (NdR: estupidez) institucionalizada que reina impunemente en la actualidad de este universo argentino.
Nota final del autor: Dedico este artículo a Lucrecia Estrada Storni, descendiente de la legendaria escritora. También agradezco a la Biblioteca Mariano Pelliza la gentileza con que atienden a todos mis requerimientos.

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