César Aira, el favorito de escritores y críticos nacionales para el Premio Nobel de Literatura – Diario de Flores
Buenos Aires, 19/11/2018, edición Nº 2998
Aira

César Aira, el favorito de escritores y críticos nacionales para el Premio Nobel de Literatura

Fecha Publicación: 5 octubre, 2018

(Barrio de Flores) El Nobel de Literatura no se concederá este año, tras el escándalo de los abusos sexuales que afectaron la imagen Academia Sueca, que otorga el premio. Dieciocho mujeres afirmaron haber sido violadas, agredidas sexualmente o acosadas por Jean-Claude Arnault, una influyente figura de la escena cultural sueca y el marido de Katarina Frostenson, una integrante de la Academia. Varios miembros vitalicios renunciaron y se decidió suspender la entrega.

Mientras tanto, un grupo de intelectuales suecos creó una “Nueva Academia” que dará un Nobel Alternativo. El resultado se dará el 12 de octubre, y el galardón -ya lo anticiparon- estará entre la francesa Maryse Condé, la vietnamita Kim Thúy y el inglés Neil Gaiman.

En este contexto, Clarín propuso a un grupo de reconocidos escritores y críticos nacionales que asumieran una posición de jurado: no sólo mencionan a su/s candidatos favoritos sino que, además, argumentan su posición, en textos que permiten conocer también la forma en que leen y evalúan la obra de los autores que admiran.

Participaron Beatriz Sarlo -una de las más importantes críticas del país-; Luis Chitarroni -editor, crítico y escritor-; Guillermo Martínez -escritor y matemático-; Matías Serra Bradford -escritor y editor de Libros de Revista Ñ; Carlos Gamerro -escritor y crítico- y la poeta Tamara Kamenszain.

A la cabeza de las preferencias, aparece entonces el vecino de Flores César Aira, cuyo nombre circuló en los últimos años como uno de los candidatos con posibilidades de obtener el galardón sueco. El inglés Ian McEwan, el estadounidense Thomas Pynchon, el austríaco Peter Handke, la mexicana Elena Poniatowska, el francés Jean Echenoz, los españoles Javier Marías y Javier Cercas y el argentino Pablo de Santis son otros de los mencionados por los consultados.

Beatriz Sarlo: Aira
Mencioné, en otra encuesta, al francés Jean Echenoz. De inmediato, me dije: también puede ser el año de César Aira, para recibir un premio que no se dará en 2018 pero que, apropiadamente imaginario, le toca a un escritor que descubrió una forma silenciosa y secreta de volverse famoso. Sin Premio Nobel oficial, algo que tanto le costó a Borges no conseguir, después de ser candidato más veces de las que merecía su cortés paciencia, transcurridos esos años de “otra vez no lo sacó Borges”; después de la muerte de Juan José Saer, por quien yo habría hecho campaña en todos los fiordos de la península escandinava, hagamos una apuesta por Aira. Tengo otros nombres, por si la maldición argentina sigue en pie. Elena Poniatowska, la mexicana que se anticipó a todos en la escritura de ficciones documentales, con Hasta más verte Jesús mío; y no se preocupó por hacer grandes teorías con la originalidad de su texto sobre la represión en Tlatelolco. Y un español, Javier Cercas, por la intensidad de relatos que tejen la historia como ficción y la falsedad como historia.

Luis Chitarroni: Aira
Aira es el escritor que más ha aportado a la narrativa en los últimos cuarenta años. Esto no es ajeno a la cantidad de libros, cien o más, que escribió, aunque haya sido tomado como motivo de broma por los distraídos; en realidad, se trata de una armonía no preestablecida, pero enunciada como programa desde el vamos, entre el proyecto y la proporción. Los libros exponen un método y un sistema; observados con perspectiva, adquieren una coherencia artística nunca observada en nuestras letras desde Borges (temo supersticiosamente, al invocar este nombre, alejar a Aira del Nobel). En Borges, sin embargo, la coherencia está observada acaso de manera más categórica, con una custodia crítica no ajena a las contradicciones de la edad.

Tratados individualmente los libros de Aira muestran diferencias de grado, factura y calidad (y hasta de opinión), claro. Operan y gravitan en conjunto como una obra de extrema consistencia, que puede ser leída, consultada, estudiada, y en la que se concentran, aunque cambie de géneros, temas como el tiempo, el amor la política, la sexualidad, el arte, la moda y la muerte; prevalecen valores formales o estéticos que no se dejan definir de antemano, como en Duchamp. De manera muy singular, siempre, sin falsa solemnidad, sin, sobre todo, “profundiotismo”, mal argentino por antonomasia.

Mi investigación o, mejor dicho, mi pesquisa se resigna a la literatura en castellano. Para alcanzar una objetividad que otros apreciarán mejor, arriesgo sin ánimo de eclipse, un nombre, un exponente más convencional, previsible, y cuya labor como traductor resulta igualmente sólida: Javier Marías.

Sin suficiencia ni fanatismo, creo no equivocarme con Aira. Puede ser que en otra literatura nacional se aloje alguien parecido, alguien a la vez tan paradójicamente poderoso y frágil, pero no lo conozco.

Guillermo Martínez: Mac Ewan
Propondría para el Nobel a Ian McEwan, por una obra variada, imaginativa, y que amplía el “campo de batalla” de la literatura hacia personajes e ideas del ámbito científico, (Amor perdurable, Solar, Sábado) tomadas siempre de una manera profunda y precisa, pero sin perder la gracia literaria. También por el humor negro de muchas de sus tramas y porque su narrativa, por suerte, queda bastante fuera de la “música de época” contemporánea.

Dentro de la Argentina me parece que Pablo de Santis está construyendo una obra inmensa, variada y extraordinaria dentro del campo de la literatura de imaginación, en la mejor tradición argentina de los géneros: basta pensar en novelas como La traducción, La sexta lámpara, El calígrafo de Voltaire, Crímenes y jardines, o su última y magnífica La hija del criptógrafo. Podría ser muy pronto, sino ya mismo, un buen candidato.

Matías Serra Bradford: Aira, Pynchon, Handke
Tres nombres propios para que el Nobel recupere el honor que no tuvo demasiadas veces: Thomas Pynchon, Peter Handke, César Aira. Tres narradores muy distintos, de obra vastísima, parejísima, de lenguaje acaudalado, cómica o contemplativamente poéticos, dados a la levedad alucinada. Cada uno inauguró una vía inédita en la literatura y despejó caminos para otros. El Nobel a cualquiera de los tres reivindicaría, de paso, un poco de dignidad romántica para la vocación literaria. También me alegraría que se premiara, por su preciosa obstinación ibérica, al divino cascarrabias de Rafael Sánchez Ferlosio.

Carlos Gamerro: Pynchon
Para un Nobel inexistente, nada mejor que un escritor oculto: yo se lo daría a Thomas Pynchon, el misterioso autor estadounidense que nunca ha hecho una aparición pública; una negativa a entrar en la ‘sociedad del espectáculo’ literaria mucho más consistente que la de Salinger. Pynchon es autor de algunas de las novelas más ambiciosas, radicales y divertidas de las últimas décadas, que aúnan su capacidad de recrear el pasado con la de indagar el presente, de pensar y narrar. Sus conocimientos de física le permite cruzar ciencia y arte como pocos, a la vez, retoma y renueva la tradición decimonónica de la novela total; alguna vez traté de definir su obra mayor, El arcoiris de gravedad, como La guerra y la pazreescrita por William Burroughs, aunque con igual justicia podría describírsela como Moby Dick reescrita por Albert Einstein. V, La subasta del lote 49 y Vineland son también deslumbrantes.

Tamara Kamenszain: está obsoleto
Sería un contrasentido de mi parte desearle el Nobel de Literatura a algunx de lxs escritorxs que admiro ya que se trata de un premio obsoleto con criterios de selección decimonónicos.

El Nobel es uno de los últimos bastiones empeñados en premiar vida y obra como si se tratara de un conjunto armónico y sin fisuras. Detrás de esa concepción está la de los “grandes hombres” y la de las “grandes obras”, dos criterios patriarcales que dejan afuera lo que a mí me interesa en la literatura: lo chiquito, lo inesperado, lo fisurado, lo femenino, lo no encasillable.

El Nobel mismo trató de ponerse al día premiando a Dylan, pero no sé si me ponen más furiosa los que se rasgaron las vestiduras al respecto con argumentos del tipo “no es un escritor”, o los que compraron sin más el gesto de aggiornamiento como si se tratara de un gran avance del Nobel. Tal vez habría que inventar un Anti-Nobel. Claro que se corre el riesgo de muchos antis que terminaron canonizados. Sin embargo, Nicanor Parra desmiente la regla: murió a los 104 sin haber recibido nunca el Nobel y es impensable que su antipoesía alguna vez pueda ser embalsamada. NR

Fuente consultada: Clarín

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