Colángelo: “Tocar con Troilo era lo más parecido a tocar con Dios” – Diario de Flores
Buenos Aires, 19/06/2019, edición Nº 3210
Vecinos Famosos

Colángelo: “Tocar con Troilo era lo más parecido a tocar con Dios”

Fecha Publicación: 27 mayo, 2019

(Barrio de Flores) José Leonardo Colángelo es un emblema del 2×4. El pianista vecino de Flores brilló en las agrupaciones de Leopoldo Federico y Aníbal Troilo. Descolló al frente del cuarteto que llevó su nombre. Acompañó a figuras como Julio Sosa, Roberto Goyeneche y Susana Rinaldi. Sus manos mágicas subyugaron a las audiencias de Latinoamérica, Europa y Asia. A lo largo de más de seis décadas de carrera, le aportó al género una combinación de swing y refinamiento. A pedido de Página12, el último sobreviviente de la orquesta de “Pichuco”, abrió el arcón de sus recuerdos para revivir los episodios más relevantes de una vida atravesada por el tango.

Nació en la Ciudad de Buenos Aires, en el barrio de Floresta, el 22 de octubre de 1940. Para Pepe, tal su apodo de siempre, el tango era parte del acervo familiar. Su tío abuelo, Salvador Colángelo, había tocado junto a los bandoneonistas Salvador Grupillo y Julián Divasto. Su padre, Leonardo, hacía sonar el “fueye” en comparsas como Los Marinos Unidos del Plata. A los siete años comenzó a tomar lecciones de piano. “El garrón”, “Desde el alma” y la ranchera “Cadenita de amor” formaban parte del ecléctico repertorio aprendido con entusiasmo. Tiempo después en la familia le compraron un piano y empezó a impregnar de música las paredes de la casa de la calle Donizetti 559. Padre e hijo solían interpretar melodías que eran recibidas con algarabía por parte de sus vecinos. “El viejo me incentivó para que siguiera mi vocación. Fue un gran compañero y muy importante en mi vida”, afirma con emoción.

Las primeras actuaciones en público fueron en un contexto festivo. Colángelo, junto a dos amigos que tocaban el acordeón, era parte de los números que animaban los desfiles de carnaval de su barrio. El trío, haciendo equilibrio sobre la caja abierta de una camioneta, se paseaba por la Avenida Juan Bautista Alberdi ofreciendo valses y pasodobles. Al no contar con un piano, por lo dificultoso de su traslado, el Pepe asumía el rol de acordeonista o bandoneonista. Con apenas quince años, fue reclutado por la orquesta de Alberto Dávila. Una agrupación amateur cuya actividad principal era relevar a conjuntos de mayor renombre cuando éstos no podían cumplir sus compromisos. También se sumó a Las Nuevas Estrellas del Tango, efímero proyecto cuyo estilo musical emulaba al de Juan D’Arienzo.

A mediados de 1957, se incorporó a la orquesta de Angel Genta. Con dicho combo, del que formaban parte el contrabajista Alcides Rossi y el cantor Roberto Chalean, firmó por primera vez un contrato y cobró un sueldo. Esa etapa de progreso, sin embargo, no estuvo exenta de penurias. “Cuando Genta metía mal una nota con el fueye, me dirigía una mirada fulminante. Así –explica– trataba de responsabilizarme por sus propios errores. Yo, por entonces un principiante, sentía su cólera y temblaba”, asegura. Fue Rossi quien rescató al pianista de los ataques del director. “Alcides, con palabras afectuosas, me dio la confianza necesaria para ignorar las diatribas y seguir adelante”, sostiene. Dos años después, ingresó a la agrupación de Angel Domínguez. El bandoneonista, que trató al recién llegado con respeto y cariño, le transmitió muchos de sus conocimientos. El fructífero ciclo con el apodado Gallego quedó ensombrecido por la muerte de su padre, quien apenas tenía cincuenta años. “Sentí mucho su partida, a punto tal de pensar en dejar la profesión”, revela.

Durante aquellos años formativos, Colángelo robusteció su presencia escénica gracias a numerosas actuaciones en milongas y cabarets de dudosa reputación. Sitios como el Dragón Rojo, del barrio porteño de Congreso, el Palacio Güemes, de Palermo, o El avión, de La Boca, representaban todo un desafío hasta para los músicos más experimentados. Cualquier desavenencia entre los habitués de esos antros terminaba en una gresca descomunal. “Apenas empezaban a volar las sillas -grafica el pianista- el director del conjunto nos decía: ‘¡toquen Don Juan bien fuerte!’”. “La idea era que el tango sonara más alto que el ruido producido por la batalla campal de turno”, aclara con una carcajada. Ese público amaba el 2×4 y ejercía, con métodos poco diplomáticos, su poder de convencimiento para extender la duración de la velada. “Una noche, al terminar un concierto junto al cantor Eduardo Solano, se me acercó un hombre, sacó un facón enorme y, mientras se limpiaba las uñas con él, preguntó en tono amenazante: ‘¿van a tocar un rato más?’”, rememora Pepe. “Entonces, volvimos al escenario y seguimos. Con esa gente –asegura– no se podía discutir”.

A mediados de 1959, fue convocado para realizar una serie de grabaciones bajo las órdenes de Juan de Dios Filiberto. El compositor, autor de himnos como “Caminito” y “Quejas de bandoneón”, había vuelto a poner en marcha su Orquesta Porteña. Fue para el sello RCA Víctor que plasmó, junto a las voces de Patrocinio Díaz y Jorge Alonso, los últimos dieciséis temas de su carrera. “Varias de las piezas –rememora Colángelo– tenían un interludio donde se escuchaba solo el piano. Cuando tocaba esos fragmentos -sigue- el Maestro me decía: ‘hágalo otra vez’. Repetía la ejecución y quedaba satisfecho, pero lo curioso es que la toma aprobada era exactamente igual a la desechada minutos antes”, certifica. En dichas sesiones, el Pepe debutó como cantor. Su voz, junto a la del resto del conjunto, quedó inmortalizada en la versión de “El Pañuelito”.

Entre los años 1960 y 1961 formó parte de las agrupaciones de Lorenzo Barbero, Emiliano Orlando y Enrique Alessio. Junto a esta última solía presentarse, con notable repercusión, en Radio El Mundo junto al vocalista José Berón. Siendo apenas un veinteañero, el Pepe ostentaba una gran solidez técnica e interpretativa que empezó a llamar la atención de sus colegas. A principios de 1962, Leopoldo Federico se encontraba en plena búsqueda de un nuevo pianista para su orquesta. Manuel Flores, quien ocupaba ese puesto, carecía del ímpetu necesario para afrontar la apretada agenda de compromisos del conjunto. Fue Antonio Roscini, bandoneonista del grupo de Armando Pontier, quien le sugirió al director el nombre del joven oriundo. El combo de Federico, una ajustada máquina tanguera, acompañaba al cantor más afamado del momento: Julio Sosa. Luego de una breve audición, realizada con un piano vertical en el hogar de Roscini, fue contratado.

El cantor uruguayo, que ya había hecho registros junto a las agrupaciones de Enrique Francini – Armando Pontier, Francisco Rotundo y con Pontier en solitario, llegó al pináculo de su carrera con la orquesta de Leopoldo Federico. Las razones de su éxito, en plena decadencia del tango por el auge del folklore y el rock, fueron varias. En cada interpretación, además de una voz potente y una dicción perfecta, desplegaba ciertos dotes actorales a través de gestos ampulosos, miradas, y sonrisas cómplices que reforzaban el mensaje transmitido. “Sabía cuando hacer un guiño o levantar una ceja”, sostiene Colángelo. Carismático y seductor, mantenía a las multitudes en vilo durante los recitales. “Sobre las tablas su figuraba se agigantaba y el público quedaba como hipnotizado. Especialmente, claro, las mujeres”, agrega. El sonido demoledor de sus discos también se escuchaba en las actuaciones. “A cada concierto asistía la orquesta completa y se usaba el mismo equipo de amplificación hasta en el club más humilde”, cuenta el pianista. “El Varón del Tango” descollaba en radio, televisión y hasta llegó a la pantalla grande en el film Buenos noches, Buenos Aires.

El ritmo laboral de Colángelo se aceleró al sumarse al conjunto del binomio Sosa – Federico. Las presentaciones, con una duración promedio de treinta minutos, comenzaban los jueves y terminaban los domingos. El circuito abarcaba: Capital Federal, Gran Buenos Aires y varias provincias. “Salía de casa un miércoles y volvía recién al lunes siguiente. Los sábados hacíamos cinco shows”, detalla. “En esa época vivía más con la orquesta que con mi familia”. Los largos viajes en micro a las ciudades del interior del país servían para seleccionar el repertorio que era perfeccionado en vivo antes de ser plasmado en discos. El charrúa inmortalizó versiones insuperables de “Tarde”, “María”, “Nada”, “Cambalache” y “El último café”. El piano del Pepe estuvo presente en todas ellas. “Julio, al contrario de otros cantores, grababa su voz mientras la agrupación tocaba”, revela. “Lo necesitaba, según decía, para sentir las vibraciones de la música y así compenetrarse con cada pieza”, comenta. “Cuando registró ‘En esta tarde gris’ -ejemplifica- se emocionó hasta las lágrimas”.

Sosa tenía a todo un país a sus pies. El siguiente desafío era llevar su música al exterior. España se revelaba como el primer objetivo de un proyecto sin límites. Sin embargo, el sueño se frustró en la madrugada del 25 de noviembre de 1964. El cantor manejaba a gran velocidad por la Avenida Figueroa Alcorta su Unión DKW Fissore de color rojo cuando, al llegar a la intersección con la calle Mariscal Ramón Castilla, se topó con un camión. Al esquivarlo, chocó contra una baliza de cemento y un semáforo. Falleció al día siguiente, tras unas horas de agonía, en el Sanatorio Anchorena. Su cuerpo comenzó a ser velado en el Salón “La Argentina”, pero la gran afluencia de admiradores obligó a trasladar el féretro al Estadio Luna Park. “El cortejo fúnebre hasta el cementerio lo hicimos a píe a lo largo de toda la Avenida Corrientes”, relata Colángelo. “El recorrido nos llevó más de siete horas debido a la cantidad de gente que nos acompañaba. A nuestro paso, desde las ventanas y balcones de los edificios, la gente arrojaba flores”, narra. “A excepción del de Eva Perón, nunca vi un velorio con tanta participación popular”.

La muerte de Sosa fue un duro golpe para la orquesta de Federico. Tras un receso, en el que se incorporaron los vocalistas Carlos Gari y Roberto Ayala, el combo volvió al ruedo y hasta lanzó dos álbumes pero la repercusión no fue la esperada. Sin el charrúa, el número de actuaciones disminuyó drásticamente. Con el objetivo de mantener a su familia, pues se había casado y era padre de un niño, el Pepe comenzó a participar en otros proyectos. Se sumó al conjunto de Ricardo Malerba y armó el cuarteto Cuatro Amigos para el Tango. A mediados de 1966, reemplazó unos días a Osvaldo Berlingieri en la agrupación de Aníbal Troilo. Su gran desempeño no pasaría inadvertido para el bandoneonista. Dos años después, cuando El Tano dejó en forma definitiva a Pichuco, el hombre elegido para sustituirlo fue Colángelo. El pianista se encontraba tocando en un cabaret del barrio de Palermo cuando un hombre del entorno troileano le hizo el ofrecimiento formal. “Ciriaco Ortiz, por entonces compañero de trabajo, escuchó la propuesta y me dijo: ‘avisale a tu señora que compre una olla más grande porque ahora vas a comer todos los días’…”, recuerda. El veterano del fueye tenía razón.

El 8 de noviembre de 1968, en el club nocturno “Relieve”, Colángelo debutó como miembro estable de la orquesta de Troilo. Cuando llegó al local, “con los bolsillos llenos de miedo” evoca en tono poético, el mago del fueye estaba esperándolo en la puerta. Una vez en camarines, se enteró que no contaría con partituras pues Berlingieri se las había llevado. La ayuda del contrabajista Rafael Del Bagno, quien le prestó un cuaderno donde tenía las tablaturas de las piezas pero para su instrumento, no pudo salvar al recién llegado de la debacle. “Esa noche -se sincera- toqué como pude”. Una vez finalizado el concierto, una pareja se acercó al pianista para decirle que prefería a su antecesor. Entonces el Pepe, con lágrimas en los ojos, se presentó ante Pichuco y le ofreció su renuncia. El Maestro no la aceptó. “Me invitó a tomar un whisky y, tras un rato largo de charla, logró convencerme de continuar”, dice. La revancha llegó apenas tres días después con un recital en el Teatro San Martín, donde el novel integrante del conjunto tuvo una actuación descollante.

Los primeros registros de Colángelo junto a la agrupación aparecieron en Nuestro Buenos Aires, un elepé en homenaje a la “Reina del Plata”. El disco, con temas escritos especialmente por Armando Pontier y Federico Silva, selló el reencuentro entre Roberto Goyeneche y “Pichuco” tras un lustro sin grabar juntos. A mediados de 1970, con Tito Reyes como vocalista, se lanzó Che Buenos Aires y a principios del año siguiente fue el turno de Troilo for Export Vol. 3, un compendio de tangos clásicos en brillantes versiones instrumentales. La mayoría de las piezas de esas dos últimas producciones estaban arregladas por el bandoneonista Raúl Garello. “En los ensayos, ‘El Gordo’ modificaba los arreglos. Garello se desesperaba, pero cuando escuchaba la obra terminada admitía que los cambios eran apropiados”, asegura el pianista. A mediados de 1971 vio la luz ¿Te acordás…Polaco? donde la dupla Troilo – Goyeneche entregó antológicas relecturas de himnos como “Sur” y “Tinta roja”. “El Maestro nos decía: ‘la orquesta siempre al frente pero cuando aparece el cantor, ¡cuerpo a tierra!’”, recuerda. En definitiva, el conjunto al servicio del intérprete.

El conjunto actuó en el Teatro Dante, en El Viejo Almacén, en Caño 14, en programas televisivos y realizó exitosas temporadas veraniegas en la ciudad de Mar del Plata. El desempeño de Colángelo era cada vez mejor y el bandoneonista se lo hacía notar: “Me decía que era la nueva versión de Orlando Goñi, el primer pianista de la orquesta, lo cual significaba todo un honor”. El halago iba acompañado de una recomendación: “‘¡Toque con alegría!. ¡No permita que se la roben!’, solía aconsejarme”. El 17 de agosto de 1972, “Pichuco” pisó las tablas del Teatro Colón. Esa noche, donde también intervinieron los conjuntos de Florindo Sassone, Horacio Salgán y Astor Piazzolla, la agrupación deslumbró a la audiencia con arrasadoras versiones de “Danzarín” y “La Cumparsita”. Tras aquella jornada histórica, y jaqueado por diversos malestares, la salud de Troilo empezó a declinar. Murió el 18 de mayo de 1975, debido a un aneurisma cerebral causado por hipertensión arterial. “Tocar con Troilo tal vez sea lo más parecido a tocar con Dios”, define Colángelo.

En la segunda mitad de la década del ‘70, participó en discos de Hugo Díaz, Rubén Juárez y Floreal Ruiz. Entre 1980 y 1982 fue el director musical de la orquesta que acompañó a la cantante Susana Rinaldi en conciertos celebrados en Francia, Alemania e Israel. En octubre de 1985, dirigiendo una agrupación local, actuó en diversas ciudades de Japón. El éxito obtenido posibilitó nuevas visitas al país y la edición de siete álbumes para el mercado nipón. Paralelamente a sus giras mundiales, continuó grabando junto a figuras como Jorge Falcón, Libertad Lamarque y Plácido Domingo. En octubre de 2009 se incorporó a la troupe de “Café de los Maestros” con la que se presentó en Hong Kong, Seúl, Singapur y Bruselas. En julio de 2015 lanzó “Su piano y sus tangos”, CD donde revisitó composiciones propias en compañía de leyendas de la talla de Leopoldo Federico y Horacio Malvicino. Al año siguiente, un cáncer de pulmón lo alejó de los escenarios pero tras una exitosa operación volvió al ruedo con renovada energía. A los 78 años, Colángelo ostenta una vitalidad juvenil. Continúa presentándose en vivo e interactúa con las nuevas generaciones de colegas a través de talleres. “Amo al tango profundamente”, enfatiza. “Soy un agradecido a la vida por habérmelo cruzado”.


Fuente consultada: Página12

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