Kim Yun Shin, la vecina coreana que hace sus esculturas con motosierra y fundó un museo en Flores – Diario de Flores
Buenos Aires, 17/12/2018, edición Nº 3026
Actualidad

Kim Yun Shin, la vecina coreana que hace sus esculturas con motosierra y fundó un museo en Flores

Fecha Publicación: 29 noviembre, 2018

(Barrio de Flores) El flujo migratorio de coreanos, con epicentro en Flores, tuvo su pico en los 80 y los 90, cuando esta comunidad llegó a sumas cerca de 50.000 inmigrantes. Hoy, por los problemas económicos de argentina y el crecimiento del tigre asiático, según Cecilia Kang, argentina e hija de inmigrantes, son menos de 20.000.

Cecilia, sin embargo, no piensa emigrar. Tiene 33 años, es cineasta y su documental Mi último fracaso (2016), presentado en la edición 2018 del Festival de Cine de Mar del Plata, investiga el rol de la mujer coreana en la Ciudad. Hay alguna historia sobre corazones rotos, amores imposibles entre orientales y argentinos, pero también narra una historia sobre la renuncia al amor romántico y de su reemplazo por el arte entendido como ejercicio espiritual y sincrético. Inspiradora de esa parte del documental es Kim Yun Shin, una de las mujeres de la comunidad coreana porteña más venerada por sus paisanas, que se erige como una particular estrella punk empuñando una motosierra: en Mi último fracaso se la ve hasta lucir una remera con la imagen de Ramones.

Nacida en Wonsan, hoy Corea del Norte, en 1935, y residente en la Argentina desde 1984, Yun Shin renunció a matrimonios más o menos obligados, al budismo, al hedonismo occidental y también a las posibilidades de vivir en un país del primer mundo. Su figura enjuta es el símbolo de un destino ansiado por muchas coreanas. Pero no es una líder feminista ni tampoco se lo propone.
Fui alumna de Yun Shin y de su discípula, Kim Ran, cuando era adolescente – cuenta Cecilia-. Crecí en una familia coreana de Flores que tenía negocio de ropa, y creía que mi destino sería trabajar de eso. Cuando conocí a Yun Shin entendí que otra vida era posible. En contra de lo que pensaban mis padres, terminada la secundaria, me puse a estudiar cine”.

En el trabajo anterior de Cecila, En este lugar (2009), Yun Shin también es uno de los ejes: allí todavía vive en San Justo junto a Kim Ran pero prepara la mudanza a Felipe Vallese y Nazca, en Flores, donde, desde 2008, funciona el Museo Kim Yun Shin – parte del circuito de La Noche de los Museos desde 2010-, el único de arte moderno coreano en Latinoamérica. Allí se desarrollan también las vidas de maestra y discípula: la primera se dedica a su obra, la otra hace lo propio y brinda un taller de pintura a mujeres, niños y niñas del barrio. Con naturalidad, a las muchachas coreanas les muestran que los mandatos no son el único camino.

El exilio y la búsqueda
Yun Shin (“Yun” refiere a “lo real”; “Shin”, “lo espiritual”) creció bajo la ocupación japonesa de Corea. Fue la última de seis hermanos. Su padre, médico oriental, viajaba a China para ejercer la profesión. “Pero, a pesar de las privaciones, vivía feliz”, dice traducida por Cecilia, ya que apenas maneja el castellano. Kim Ran asiste en silencio a la conversación.

En su infancia se encuentran los frutos del Mar del Este, sus dibujos en la tierra y la violencia de los invasores. En 1945, con el fin de la Segunda Guerra, llegó la supuesta solución para Corea: partirla por el paralelo 38, a voluntad de soviéticos y estadounidenses. Desde entonces los enfrentamientos armados no cesaron hasta el inicio de la guerra, cinco años después. Ello impulsó a la familia de Yun Shin a escapar hacia el sur. Lo lograron ella y su madre.

Su padre y su hermano mayor se hallaban en China y realizaron el mismo camino más tarde. El resto no pudo escapar y quedó aislado. En 1946 se reunieron los que quedaban en Seúl. El hermano de Yun Shin se había convertido en soldado surcoreano. Su padre, desesperado por la falta de trabajo decidió regresar a Wonsan. Nomás estalló la conflagración entre coreanos, fue fusilado por ser padre de un militar enemigo.

Mientras la guerra se llevaba la vida de más de tres millones de civiles, Yun Shin recibió junto a su madre un lugar donde vivir y una beca para estudiar Bellas Artes en la Universidad Hongik, donde se graduó en 1959. Cerca de cumplir los 24 años, le presentaron candidatos y le aconsejaron casarse y ser madre. Pero ella dijo no. “Ya daba clases de artes plásticas y no había en mí lugar para el amor. Sobrevivir a la guerra era lo más importante. Con estar viva bastaba. De todos modos, debí explicarle a mi hermano. Él respondió que debería ser autosuficiente y estar, como el dragón, atenta a cualquier amenaza. Ese fue mi trato con él”.

A principios de los 60 tuvo su primera exposición individual en Seúl. Desde entonces no se detuvo y el futuro le deparó exhibiciones grupales e individuales en Estados Unidos, México, Brasin, Japón, Francia, China, Corea y la Argentina. Pero antes, entre 1964 y 1969, vivió en París, donde perfeccionó sus estudios y se convirtió al catolicismo mientras las minifaldas y los tiempos, bajo el Mayo Francés como clímax, viraban hacia la izquierda todo propósito de ser intelectual o artista.

La Argentina
Otra vez en Seúl, y tras la muerte de su madre, ejerciendo la docencia conoció a Kim Ran, una de sus alumnas, con quien se reencontró más de una década después en Buenos Aires, hacia 1984, cuando Corea del Sur se hallaba bajo la dictadura de Chun Doo-hwan. “Venía de exponer en Canadá. Llegué a la Argentina para visitar a una sobrina, hija de mi hermano militar. Esa sobrina era amiga de Ran”. Una exhibición del Museo de Arte Moderno la terminó de atar al país. Antes lo habían hecho los lapachos, caldenes, quebrachos, algarrobos y palosantos. Lejos de Corea empuñó por primera vez una motosierra, algo así como su espada.

Mudada junto a Ran, Yun Shin se convenció de que la Argentina sería el lugar donde morir. También entendió que su obra siempre había sido “un ejercicio para buscar la verdad y ser finalmente humana”. “Sé que el día que encuentre esa verdad moriré”, afirma.

Yun Shin vive a la espera de lograr la versión final de sí misma, esa que, a la vez, rompe moldes acerca del rol de las mujeres coreanas en Buenos Aires. “Ella es la única inmigrante coreana que conozco que llegó al país y no puso un negocio – dice Cecilia-. Tampoco precisó de hombre, familia ni hijos. Siempre hizo lo que le gustaba”. NR

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