Buenos Aires, 23/02/2024, edición Nº 4920
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Día del Derecho del niño a jugar

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La se acerca el día instaurado por
el Gobierno de la Ciudad, 27
de septiembre, por decreto 1436
del año 2005, como el “Dìa del derecho
de los niños a jugar”.
Este día me lleva a reflexionar y
querer compartir con uds. lo que
pienso y siento como adulto y como
profesional sobre el lugar que
ocupa el juego en la infancia de hoy
en día.
Demás esta decir que en nuestros
días ya no existe ese momento de
juego casual, de encontrarse en la
vereda con los amigos o vecinos
que ese día tenían permiso para ir
a jugar y organizar un juego que
podía durar un rato, toda la tarde o
varios días según sea la propuesta;
ese juego solo interrumpido por el
llamado de mamá a tomar la leche
o a hacer los deberes.
Jugar, entonces, era toda una ocupación
necesaria e imprescindible
inherente a la vida de todo niño como
tomarse toda la sopa, ponerse
un saquito para no resfriarse o respirar.
Constituía el instante mágico en el
que se podía crear con los amigos
un juego inventado, donde las reglas
eran las que se ponían entre todos
y había que respetarlas, donde
cada uno desplegaba un rol que le
27 DE SEPTIEMBRE
era de su agrado y se jugaba a ser…
mamá, papá, doctor, basurero, vendedora,
o se peleaban chicas y chicos
para ver quien jugaba mejor a
la pelota o quien tenía más fuerza
en la cinchada.
Ahora nos quedan los peloteros
donde se puede desplegar toda la
energía motriz y la habilidad para
trepar, lanzar pelotas o deslizar por
el tobogán las ganas de inventar un
juego distinto, un juego propio.
Ni que hablar del colegio. Los recreos
cortos, cada vez más cortos;
si hasta en el jardín haymenos tiempo
para jugar y las maestras recibimos
“capacitaciones de juego”; es
que acaso nosotras ¿no jugábamos
de chicas?
La capacidad del ser humano para
jugar es como la capacidad de supervivencia
que nos hace respirar,
comer, vivir. Sin el juego no aprendemos
a ser creativos, a ponernos
en el lugar del otro, a entender algunas
leyes de la física como el porque
si los autitos van por la rampa
van más rápido que por el camino
llano, a ejercitar nuestra capacidad
de contar cuántas figus gano jugando
a la tapadita o cuántas bolitasme
llevo si gano. A explorar que hay
adentro de un reloj, o investigar
donde está la puerta del hormiguero
siguiendo el camino de hormigas;
en fin, a ser curiosos, a compartir,
a respetarnos, a cuidarnos
entre todos, a proponernos hacer
algo juntos salga como salga.
¿Es que acaso los adultos nos olvidamos
de lo interesante y divertido
que es jugar? Y ¿cuántas cosas podemos
aprender jugando?
El derecho al juego es algomás que
ir un día al ciber o practicar un deporte.
Es el derecho a elegir con libertad
a qué, con qué y con quién jugar y
el ejercicio de jugar donde sea y como
sea porque es tan necesario como
el abrigo, la familia o crecer
cuando se es niño.
Que lindo sería recuperar viejos espacios
donde los niños puedan salir
a la calle y hacer una rayuela, jugar
a la pelota en la plaza, disfrazarse
para ser como los grandes con
las cosas que la abuela guarda en el
sótano. Y que los adultos estén ahí
ni tan cerca como para intimidar ni
tan lejos como para perderlos de
vista; solo ahí compartiendo el juego
de la infancia que no es otra,
siempre es “nuestra infancia”a la
que todos tenemos derecho.
(*) Adriana I. Galián es Prof. de
Nivel Inicial del GCBA

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