Buenos Aires, 22/07/2024, edición Nº 5070
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Los tres tigres tristes del tetrabrik

Esta historia puede ser verídica o ficción. Todo comenzó hace muchos años en Flores, en plena Av. Rivadavia, cuando tres personas enfermas por drogas (alcohol, cocaína y paco) llegaron hasta este honorable pueblo a vivir sus últimos años. Vivieron en la calle, vivieron de la calle. De lo que la gente común les daba al pasar. Monedas, los más jóvenes. Billetes, las mujeres que suben las escaleras de la iglesia.

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Escribe Roberto D´Anna

Esta historia puede ser verídica o ficción. Todo comenzó hace muchos años en Flores, en plena Av. Rivadavia, cuando tres personas enfermas por drogas (alcohol, cocaína y paco) llegaron hasta este honorable pueblo a vivir sus últimos años. Vivieron en la calle, vivieron de la calle. De lo que la gente común les daba al pasar. Monedas, los más jóvenes. Billetes, las mujeres que suben las escaleras de la iglesia.

Al primero de ellos se lo conocía con el apodo del “Santiagueño”. Vivía envenenado con la vida y con las mujeres, sus predilectas a la hora de insultar, luego que le cortasen ambas piernas post severa infección. Se trasladaba en silla de ruedas, cuando la tenia, o pegando pequeños saltos con las palmas de sus manos. Daba pena hasta que lo escuchabas hablar. Pecaminoso sexual a más no poder, no perdonaba. Su lengua filosa y suelta brotada por el alcohol a toda hora soltaba palabras irreproducibles en esta contratapa de Flores de Papel.

El segundo, respondía al apodo de “Máximo”, un verdadero grandote. Capo del tramo de cuadra de Pedernera, entre Pasaje Espejo y Ramón L. Falcón. “Trabajaba” de seguridad de un supermercado chino a cambio de abundantes tetrabrik de vino barato para él y sus colegas. Se ufanaba de tener el record en seguridad. “Conmigo –decía- nunca entro a robar nadie aquí”. Sentado en los azules cajones de cerveza Quilmes, vigilaba con ojos y cutis “24hs red open” y evitaba contratar adicionales de dos mil la semana.

Y el tercer y último de los envenenados de la vida de Flores era “Igor”, el sonriente. Cubierto y encubierto por comerciantes, automovilistas y policías de Membrillar, siempre lograba zafar de las denuncias y allanamientos a su silla de ruedas con chofer, una verdadera caja fuerte de estupefacientes de varios pisos y sabores, como las deliciosas tortas de la confitería, vecina a doscientos metros del lugar.

A esta altura vos te preguntaras hacia dónde va este relato, que tienen en común estos “tres tigres tristes del tetra” de Flores, aparte de gustarle el título al autor y no poder pronunciarlo tan rápido como quisiera, por su herencia dialéctica siciliana.

Aquí va la respuesta. Los tres murieron juntos en le Piñero o Piñeyro (como le gusta decir al escritor florense, don Cesar Aira). En la misma fecha. En transcursos de pocas horas y metros de pabellones. Nadie reclamo por ellos, ni pidieron autopsias en sus cuerpos, aunque el cuarto tigre del tetra, le confió a este cronista que los “tres tomaron tres tetrabrikes con el mismo sticker de precio”, obsequiado por un hombre canoso, de traje largo y caminar cansino, que quería volver a ver el Flores de los años cincuenta, cuando caminar por sus veredas era un placer para todos y no para algunos.

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