Buenos Aires, 25/06/2024, edición Nº 5043
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La historia de Claudio Fernández, el científico de Flores que logró un importante avance contra el Parkinson

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(Barrio de Flores) “Nací a metros de la villa 1-11-14. Mi viejo me dio una pelota de fútbol. Mi mamá había querido ser profesional y la mandaron a hacer un curso de corte y confección. Al ser yo el primogénito, dijo: ‘Con este me desquito’. Y conmigo se desquitó”. El que habla es un científico de primera talla que por estas horas está siendo tironeado por todos los medios. Clarín le robó una hora y cuarto. Se llama Claudio Fernández, tiene 52 años, tres hijos y es oriundo del barrio pero hace tres años arrastró su familia a Rosario. Es uno de los investigadores que esta semana dio un paso al frente –en colaboración con expertos australianos, alemanes y coreanos- en la áspera tarea de comprender dos enfermedades neurodegenerativas: Parkinson y atrofia multisistémica. La novedad, plasmada a priori en una enredada jerga llena de moléculas y proteínas que se acumulan en el cerebro, se traduce fácil: es un gran poroto en la dirección del diseño de fármacos que apacigüen esas patologías.

Eso sí, Fernández no es un tipo común. Hizo dos licenciaturas en la UBA: una en Farmacia y otra en Bioquímica, carrera de la que también es doctor. Antes de convertirse en Investigador Principal del Conicet, y años antes de que el Senado de la Nación (en 2018) le diera una distinción por su labor científica, se fue a Alemania. No a cualquier lugar: “Me formé en Göettingen, ciudad universitaria que tiene asociados 47 Premio Nobel. Ahí entendí que es clave mezclarse con la sociedad. En esa mezcla establecí un vínculo con estas enfermedades, visitando hospitales. O sea, me formé en un marco transdisciplinario”.

Ese es un concepto clave en esta historia. Porque Fernández y su equipo impulsan una suerte de cofradía entre disciplinas que suelen estar distanciadas; una ruptura con el molde científico convencional. Conecta ciencia básica con medicina traslacional. O sea, laboratorio y paciente.

Así, en su trabajo cotidiano como Director del Laboratorio Max Planck de Biología Estructural, Química y Biofísica Molecular de Rosario (UNR-MPIBPC) y del Instituto de Investigaciones para el Descubrimiento de Fármacos de Rosario (IIDEFAR, CONICET-UNR), “participan, además de bioquímicos, tres médicos, biofísicos, biólogos y técnicos”, contó.

“Incorporar médicos nos cambió por completo la visión de todo”, explicó con entusiasmo. “Pero, además, llevo un trato cotidiano con los pacientes, algo que muchos colegas rechazan. Es duro… una investigación te lleva años y vos ves al paciente y sabés que capaz en seis meses termine muy deteriorado”.

Bajo la lupa
Es imposible describir el hallazgo de estos investigadores sin aclarar un par de conceptos mínimos. Porque Fernández y su equipo se propusieron entender cuál era la estructura de lo que a ellos les gusta llamar “agregados de proteínas alfa-sinucleína”. Complicado, pero accesible.

Las células (neuronas, en realidad) producen, como parte de su función “normal”, moléculas o, más bien, proteínas, que en este caso son proteínas alfa-sinucleína. Aunque no se conoce a fondo su función, se sabe que tienen algo que ver en la comunicación entre las células cerebrales. O sea, son importantes.

“Si bien esas moléculas se producen naturalmente, en cierto momento, a veces asociado a la vejez, otras veces -las menos- por razones genéticas o por factores epidemiológico-ambientales como podría ser la exposición no cuidada a metales durante mucho tiempo, dejan de tener su forma normal y se vuelven tóxicas, como si fuera un proceso infeccioso”, detalló Fernández.

La enfermedad neurodegenerativa aparece precisamente cuando, producto de esa anormalidad, las moléculas o proteínas, que debían estar aisladas, empiezan a juntarse, “como si dieran la mano unas con otras”, ilustró.

Entonces se genera “una gran masa de moléculas que deja de estar disuelta en el interior de cada célula y que comienza a depositarse. A ese depósito le llamamos ‘agregados’ de proteínas”. Y lo que sigue es evidente: “El depósito de esa masa produce la muerte neuronal… la neurodegeneración”. En este caso, Parkinson o MSA.

Una aclaración: en la enfermedad de Alzheimer -la patología neurodegenerativa de mayor prevalencia-, “el proceso es el mismo, pero las neuronas afectadas son otras. Así, en el Parkinson, el trastorno ocurre en una zona del cerebro llamada substantia nigra, donde están las neuronas dopaminérgicas, cuya muerte produce un trastorno motor. Pero en el Alzheimer, la zona afectada es la corteza cerebral, por lo que el trastorno es a nivel conductual”.

Banco de cerebros
Por fin, ¿cuál es el hallazgo de Fernández y, entre otros pares suyos, el respetado científico Markus Zweckstetter, director de un equipo del German Center for Neurodegenerative Diseases (DZNE) y del Max Planck Institute for Biophysical Chemistry (MPIBC) de Göttingen, Alemania?

Comprobaron que ese “depósito molecular”, esos “agregados” de proteínas alfa-sinucleína que provocan la muerte neuronal no tienen siempre la misma estructura, algo que nadie había visto hasta ahora. La novedad es tal que podría explicar por qué dos personas con Parkinson manifiestan la patología de modo distinto.

Cómo llegaron a este hallazgo -publicado esta semana en la revista Nature- es también interesante y requiere retroceder cuatro años. Hasta ese momento, estos científicos generaban “agregados” de estas proteínas de manera artificial, o sea, en laboratorio: “A principios de 2015 nos metimos en un diseño experimental cuyos agregados provinieran de tejido cerebral de pacientes post-mortem con MSA o Parkinson”.

El objetivo de ese experimento era comprobar si la estructura de “agregados” de proteínas alfa-sinucleína de laboratorio era semejante a la “verdadera”, o sea, la de tejidos cerebrales reales.

Claro que para lograrlo debieron conseguir algunos cerebros, tarea nada sencilla. “Tuvimos que traerlos de Australia”, recordó Fernández, y explicó que, a diferencia de varios países en los que la investigación científica tiene un rol central, “en Argentina no existen bancos de cerebros. No hay una política de Estado“. Precisamente, admitió, “una de las potenciales debilidades del paper, según las observaciones que recibió, es que no estudiamos mil cerebros sino cinco pacientes con Parkinson y cinco con MSA”.

Pero aún así, insistió, “fue posible ver la diversidad estructural” que ahora es noticia: “En los pacientes con MSA los agregados diferían de aquellos en los casos de Parkinson. Y mientras los primeros eran similares entre sí, los de Parkinson eran más heterogéneos. Esto es absolutamente nuevo”.

La pregunta del millón es si algo de esto abre una puerta en la dirección de la cura. Fernández cree que sí, pero prefirió no hablar de plazos. Y concluyó: “Vimos que la variabilidad de la enfermedad de Parkinson podría estar relacionada con las distintas estructuras de los agregados de alfa-sinucleína, lo que contrasta con lo que se creía hasta ahora. Pero, principalmente, se puso sobre el tapete la importancia de complementar los estudios de laboratorio con estudios de muestra de tejido de pacientes. Si queremos hacer un abordaje terapéutico, tenemos que comenzar a trabajar con este tipo de materiales. Reflejar, en serio, lo que le pasa al paciente”. NR

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