Buenos Aires, 30/05/2024, edición Nº 5017
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Acostumbrados a la mediocridad

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Los porteños vivimos en un mundo muy particular. Y los florenses, también. Estamos acostumbrados a pagar de más por el pescado en Pascuas. A ver subir los precios. Esperamos –calladitos y sin protestar– tres meses para que nos arreglen el teléfono. A sentir olor a pis dentro de los cajeros automáticos.
Estamos acostumbrados a escuchar disparos en vez de petardos. A ver casas tomadas por foráneos. Y a ver crecer el narcotráfico en nuestras calles, plazas y villas.
Acostumbrados a la tristeza, a la inseguridad, a los secuestros express, a los pagos de rescate a no sé quién. Al olvido y a la resignación. Acostumbrados a los limpiavidrios, franelistas y a los que duermen en los frentes de los edificios.
Acostumbrados al humo de porro en Yerbal y en la puerta de mi casa también. A que nuestros hijos primarios observen mujeres desnudas vendiendo su cuerpo por unas monedas.
Acostumbrados a esperar más de media hora a que se levante la barrera de Artigas.
Acostumbrados a subir al tren Sarmiento a las seis de la tarde de un lunes y viajar como “sardinas”. Y a ser el número diez en la cola del colectivo 53 en Nazca y Avellaneda. O a ser el número cincuenta en los hospitales Piñero o Álvarez, que importan pacientes de todo el Gran Buenos Aires y América Latina.
A que nos llenen de volantes. A mojarnos los pies con una baldosa floja. A cruzar mal las calles. A los accidentes automovilísticos. A pisar el acelerador con el semáforo en amarillo. Y en rojo, también. A esquivar la basura en las esquinas y a maniobrar los flamantes contenedores colocados sobre la mano izquierda. Acostumbrados a la falsa sonrisa de los políticos en campaña. Y a las mesas punteras de Rivadavia.
A ver a los ciegos esquivando autos, columnas y carteles. A que no haya acceso para todos. A que violen nuestros cuerpos. A los deliveries barriales que tardan una hora en calentar automáticas empanadas de carne o jamón y queso. Acostumbrados a que no haya justicia. Acostumbrados a ver a Susana, Marcelo y a Gran Hermano.
Acostumbrados a sufrir en vivo y en directo cómo el perro de tu vecino excrementa la puerta de nuestra casa. A que no vengan a podarte el árbol. A pasar por el basural de la esquina. Acostumbrados a la tracción a sangre. A pagar por ver televisión por cable (llena de publicidad). Y a pagar el doble por un diario de domingo, que tiene una pobre revista llena de avisos. Acostumbrados a las inundaciones de barrios enteros.
A los cortes de luz y a pagar el doble por las velas. A los mosquitos asesinos. Acostumbrados a los corruptos vampiros administradores de consorcios. Acostumbrados a no tener memoria.  Estamos acostumbrados a que nada nos sorprenda en Buenos Aires. ¿Sabías que el acostumbramiento paraliza, agota nuestras mentes y nos hace mediocres?
El acostumbramiento es comodidad, estancamiento, quietud, es un bien porteño.

(*) Este texto escrito por nuestro director fue presentado en Marzo de 2007. No se ha cambiado ni agregado nada al texto original. Lamentablemente, cuatro años después cobra mayor vigencia.

 

Escribe Roberto D´Anna

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