Buenos Aires, 15/08/2022, edición Nº 4363
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Ejército de Paqueros

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Al recibirme de periodista, hace veinte años, el crack era por ese momento la droga de moda. Se temía que los sicarios colombianos fueran alguna vez copiados por los menores argentinos provenientes en su mayoría de bajos recursos. Su música, su cultura, sus costumbres, eran tan diferentes.

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Escribe Roberto D´Anna
Aunque se temía tanto, se hizo tan poco.
Con el correr de los años, estas diferencias se fueron emparejando. Su música se hizo popular aquí también. La cultura se acható. Y se emparejó para abajo, como solía decir mi abuelo. Y aparece hoy, el fenómeno del “Ejército Paquero”, que a unos días del Bicentenario de la Patria supera todos los días en número y en subordinación. Invadió veredas, calles y los vecinos miran su accionar de reojo cediendo hasta su propio cine, el Rivera Indarte; su avenida más importante, la Rivadavia y sus calles laterales. Por ahora, sus casas están protegidas con fuertes rejas y alarmas volumétricas.
Viven en este barrio como fantasmas. Son enfermos. A contramano, despiertan cuando todos duermen. Y duermen cuando todos despiertan. Están por todos lados. Están enfermosa la vista de todos. Sin solución. Matan y mueren. Ir de shopping para ellos es tomar “el 76 a la villa 1-11-14 a comprar paco”. No piensan en formar una familia. Menos en estudiar, trabajar o ser valorados.
Argentina está en segundo lugar mundial en el consumo de pasta base (“paco”), droga llamada alegremente “veneno de los pobres”. En una noche, un paquero –si tuviera dinero suficiente- puede fumar tranquilamente 40 dosis que se consigue a unos cinco pesos. Para ellos, se arma un cilindro una pipa con una antena de televisión en el cual se le agrega virulana y se reserva espacio como para introducir “la pasta”. El efecto por fumar dura –de manera automática- no más de medio minuto. Un dato importante es que efecto-placer se desvanece con la misma celeridad, al mismo tiempo que provoca una compulsividad insoportable a seguir fumando.
En el mundo, hace mucho tiempo, las drogas se usaban para las guerras. Hoy se usan para matar a otros inocentes que nada quieren de guerras. Los drogados infelices destruyen familias, las propias e impropias.
En una de las potencias mundiales hace cien años atrás, el “Ejército de Paqueros” es la carne de cañón para ir a “reventar” desde picaportes a barrios completos. ¿Cuánto vale su vida? Centavos más que los pobres africanos. Sólo centavos.
Caminan solos o en bandas de tres o cuatro. No miran a nadie. Solo reconocen sombras o figuras humanas a las que tienen que pasar o pedir. Su vida será muy corta, quizás dos o tres años más. Su figura cadavérica será cada vez más pronunciada. No comen. La droga los comió. Su ropa cada vez está más sucia, viven fuera de tiempo. Si hace calor, vestirán de invierno. Si hace frío, vestirán de verano.
Luego de una veintena de dosis y mezclas consecutivas e interminables, quedarán desparramados, tendidos en cualquier frente de vecino. Y después apilados, entrecruzados unos con otros. Según los especialistas, un consumidor transita por lo menos cuatro etapas: en primer lugar “euforia” (disminución de las inhibiciones) luego pasa a la “disforia” (el sujeto bruscamente empieza a sentirse angustiado y deprimido con un deseo incontenible de seguir fumando), un tercer momento que deviene en el consumo sin interrupciones que busca mitigar la sensación anterior cuando todavía se mantiene la dosis en la sangre. Por último “la etapa de psicosis y alucinaciones” (agitación, paranoias, agresividad, alucinaciones)
La compulsión obviamente se traduce en cantidad con la resultante de saturación tóxica y posterior deterioro físico. Esto último se refleja en la perdida de peso y en quemaduras en la boca y pérdida de dientes, producto del mal armado de la pipa.
Buscan y buscan por containers y basura sólo para comprar paco. ¿Y cuándo no encuentran nada? ¿Hasta donde llegaremos? ¿Cómo sigue esto?
Para los próximos años, Buenos Aires copiará a Finlandia o a México. ¿Cómo les explicamos a nuestros hijos esta postal bien porteña? ¿Dónde nos equivocamos? Antes nos asustaban la prostitución callejera, los travestis, ahora este verdadero futuro cercano en forma de cementerio humano nos pisa los talones bajo el sol de la vía pública.

Vivir y Morir en tu barrio
Gabriel Santagata, en su artículo “Vivir y Morir en San Telmo” comenta que “la cocaína mudó su venta una vez más hacia los sectores de mayor poder adquisitivo (norte de la Ciudad) mientras que los barrios más pobres (sur porteño) consumen las sobras de sus pares adictos de las zonas acomodadas. En épocas no muy lejanas al que vendía drogas se lo denominaba “el puntero o dealer”; en la actualidad es muy común la venta en cientos de casillas ubicadas en las diferentes villas de emergencia porteñas. Es “gente común” que se gana el sustento como cualquier cuentapropista; no es extraño que se puedan adquirir paco en locales caseros que además funcionan como verdulerías o almacenes”.

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