Buenos Aires, 03/07/2022, edición Nº 4320
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Famiglia Dell’Isola: El emprendimiento que se transformó en negocio y marca

Marcelo es camarógrafo y Paula, periodista. Se conocieron mientras cubrían una noticia en la calle, se casaron en 1996 y hace siete años decidieron lanzarse a fabricar un producto gourmet: aceite de oliva. El emprendimiento se transformó en un negocio y la marca en “una especie de reaseguro para el día de mañana”, según definió ella

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La primera compra fue de seis cajas. La segunda, tres días después, fue de diez cajas. Ya no sabe cuántas cajas adquirió en su último abastecimiento. La compra ya se mide en pallets. Su historia es la de dos emprendedores que empezaron con nada, que empezaron un hobby, que empezaron pidiéndole a sus hijos que los ayudaran a colocar etiquetas en botellas. Crearon un producto, hicieron del producto una marca y de la marca un salvoconducto: una entretenimiento rentable para cuando el trabajo se haga espeso.

Él es camarógrafo. Ella, periodista. Se conocieron en la calle, mientras cubrían la misma noticia: un amor propio de la patria movilera. Él trabaja en el noticiero de Telefé desde 1986. Ella sale al aire por TN desde 2009. Él, Marcelo Dell’Isola, tiene 53 años. Ella, Paula García, es tres años menor. En 2015 los planetas se alinearon para lanzar Famiglia Dell’Isola: inspirados por un grupo de amigos que vendían aceites, decidieron incursionar en un mercado que desconocían y que avizoraban prometedor. Acertaron. La potencialidad del producto, de la marca y del mercado los sorprendió.

“Siempre hablamos de hacer algo distinto y hace siete años dijimos ‘¿por qué no nos ponemos a hacer un producto gourmet como el aceite de oliva y a ofrecérselo a amigos?’. Queríamos hacer un producto nuevo, bien gourmet. Teníamos un par de amigos que vendían aceite de oliva. Pensamos en buscarle alguna etiqueta linda y mandarnos. Era algo que estaba creciendo mucho: era nuestra oportunidad para meterle”, contó él. “Somos muy inquietos: siempre quisimos hacer algo paralelo a nuestro trabajo. Nuestras conversaciones siempre quedan circundadas por la realidad. Queríamos hacer algo fuera de los medios, fuera de esa realidad, recordó ella.

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Sabían que el aceite de oliva es conocido como “el oro verde”. Hablan de un producto sano, ancestral y refinado. Buscaban fabricar una botella gourmet e incursionar de a poco en el mercado, sin prisa ni ambiciones grandilocuentes. Querían, en proyección, fundar un emprendimiento para que, post jubilación, siguieran generando ingresos, siguieran manteniendo la cabeza en funcionamiento.Una especie de reaseguro para el día de mañana”, define Paula.

Las primeras botellas de Famiglia Dell’Isola se las repartieron a amigos de la familia. Las ganancias se reinvertían, automáticamente. Compraron más botellas, fabricaron más aceite de oliva a través de una olivícola en Mendoza mediante un sistema de fasón. La devolución de los allegados era buena. Les aconsejaron visitar las ferias barriales de la ciudad para hacer circular el producto. Los sábados y domingos se dedicaron a promocionarlo. “Queríamos que la gente conociera nuestro aceite de oliva. Cuando lo probaban, nos decían que era muy rico y se lo llevaban. Eso nos llevó a tener una clientela fija que hacían correr la bola y comentaban nuestra marca en los negocios de cercanía”, relata Marcelo.

Les empezó a ir bien. Presentaron tres variedades: suave, media y fuerte, un monovarietal de Arauco. El etiquetado se hacía de forma casera en el living de una casa revuelta: un desorden de cajas, botellas, etiquetas convirtió al hogar en un símil depósito. “Cuando empezamos éramos toda la familia: mis viejos, mis dos hijos, Paula, todos etiquetando a mano. De golpe se nos había ido de las manos la producción. No daban abasto donde lo comprábamos y teníamos que hacer nosotros el etiquetado manual. Nos pasábamos cuatro horas por día etiquetando todos los productos”, recuerda él.

Los comercios y los restaurantes empezaron a contactarlos. Los clientes le pidieron que agregaran otras variantes a la marca: ya no son solo fabricantes de aceites de oliva, también producen aceto balsámico, aceto balsámico cremoso, pasta de aceitunas y mayonesas veganas saborizadas. El emprendimiento fue creciendo. El hobby se transforma, en un punto del camino, en una empresa. Es ahí cuando surge el temor más paralizante del emprendedor, afirma Paula: “Arrancás sin saber bien cómo es, vendés una botella y te encontrás con la casa llena de cajas. Llega un momento en el que tenés que tomar la decisión de crecer, de mudarte, de contratar personal. Ahí nace el miedo: cuando tenés que invertir en alquiler, en empleados, en insumos. Ya no mandás a hacer mil etiquetas, tenés que hacer diez mil con otro sistema, otro costo. Dar ese salto de tener cosas en tu casa a pensarlo como un negocio es el momento de mayor temor”.

Paula recomienda sortear la incertidumbre del paso del emprendimiento al negocio con asesoramiento y preguntas: “El mundo emprendedor es súper amigable y solidario. Todos pasamos por el mismo momento y siempre está bueno tomar el aprendizaje de otro. Mi recomendación siempre es que busquen ayuda y que se basen en la experiencia de otros. Van a encontrar gente dispuesta a orientarlos”.

Siete años después del surgimiento de la marca, ya alquilan un depósito, disponen de tres empleados y abastecen a cerca de mil comercios de todo el país, desde Salta, Chaco, Tucumán, Río Gallegos, Comodoro Rivadavia, San Martín de los Andes, Córdoba, hasta el Área Metropolitana de Buenos Aires. Participaron siete veces de la feria Caminos y Sabores, que celebrará su 16° edición del 7 al 10 de julio de 2022 en el predio de La Rural. Dos veces ya ganaron el premio al mejor aceite de oliva. Ahora buscan obtener la tercera medalla.

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