Buenos Aires, 18/04/2024, edición Nº 4975
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¡No dejemos que se caiga!

Si el Señor no construye la casa, de nada sirve que trabajen los constructores… Salmo 127:1

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Si el Señor no construye la casa, de nada sirve que trabajen los constructores… Salmo 127:1

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Escribe Roberto Góngora (Pastor de la Iglesia Evangélica Congregacional Armenia“Santísima Trinidad” Av. Avellaneda 2538 – Flores)

Si el Señor no construye la casa, de nada sirve que trabajen los constructores… Salmo 127:1

Para que una casa tenga buena sustentación, sea segura y garantice a sus ocupantes vida útil por muchos años… debe tener, además de buenos materiales a la hora de construir, “buenos cimientos”. El cimiento es aquella parte de la obra que no se ve, pero sabemos que es fundamental para el desarrollo del proyecto.

Un buen cimiento, un buen encadenado, demanda un cálculo muy pormenorizado. Depende de las características del terreno, de la cantidad de pisos que vaya a soportar, etc. Si estos cálculos se hacen bien el proyecto avanza y resiste. El cimiento es lo que no se ve. Es lo que está por debajo de lo visible. Es lo que sostiene… lo que permite que el resto de la obra no se caiga. Cuando se mezquina materiales al cimiento, tarde o temprano aparecerán los problemas.

LA FAMILIA está en el centro del corazón de Dios… y creo que Dios la diseñó para que sea el punto de partida de muchos de sus proyectos. Permítame recordarle algunos ejemplos: Cuando Dios pensó en construir un pueblo que le adore, pensó en Abraham y toda su familia. Cuando el pecado desencadenó el diluvio, pensó en Noé y su familia como elemento salvífico. Cuando pensó en liberar al pueblo de Egipto, pensó en Moisés y su familia. Cuando Nehemías necesitó refuerzos para que el proyecto de reconstrucción de la ciudad no se paralizara, pensó en poner familias al frente. Cuando Dios diseñó el plan de salvación entregando a su Hijo, pensó en la familia de José y María para que naciera Jesús.

Si queremos levantar un galponcito al fondo de casa, no hace falta mucha profundidad en el cimiento. Y si queremos levantarlo de chapa, casi nada. Pero la vida de cualquier hombre o mujer que quiera vivir como “Dios manda”, debe ser formada en la “intimidad con su Dios”. Aquí vemos, sin lugar a dudas, el primer principio rector que sostendrá a la familia en todo tiempo: La DEPENDENCIA TOTAL DE DIOS. Si esto es así, entonces podremos atravesar todo tipo de tormentas y salir victoriosos. El Apóstol Pablo sabía del peligro de dejar a Dios a un costado y le aconsejó a su hijo espiritual Timoteo: “… ten cuidado de ti mismo.”

Pensemos en lo siguiente por un momento, el diccionario define la palabra “diálogo” como un “intercambio de ideas por cualquier medio directo o indirecto, natural o artificial, puede ser desde una amable conversación hasta una acalorada discusión entre dos o más personas o grupos entre sí. El objetivo del diálogo no es “quedarse feliz” y con ello conformar a las partes, sino la búsqueda de la verdad.” Me animaría a decir que exactamente esto es lo que Dios quiere para la familia en estos tiempos: diálogo, acuerdo, búsqueda. Nos cuenta la historia bíblica que Josué y su familia decidieron servir a Dios. No creo que esta decisión haya sido tomada en forma autoritaria. Me imagino a toda la familia sentada y poniendo sobre la mesa las circunstancias que se estaban viviendo. Un pueblo duro, caprichoso, un pueblo en autogestión, confiado en sus propias capacidades, en sus logros… Sigo creyendo que el diálogo es la mejor experiencia que puede sucederle a una familia. Por lo tanto, el segundo principio rector que sostendrá a una familia en todo tiempo es el DIÁLOGO.

Es dentro de la familia donde suceden grandes hechos, donde se habla de todo y de todos. La familia es ese espacio donde se dan grandes alegrías y también los momentos tristes. Es el lugar en donde vemos a nuestros hijos crecer y tomar decisiones para su futuro. También es el lugar donde podemos transmitirles la fe, el amor a Dios, el ánimo para nuevos proyectos; o también, y debemos tener mucho cuidado, puede ser un lugar de desánimo o de crítica constante.

La Biblia nos recuerda que nuestro desafío es hablar de Dios a nuestros hijos y a las generaciones que les seguirán. Sencillamente hablarles y ser nosotros ejemplos claros y contundentes. Me duele ver esos terrenos con construcciones abandonadas donde el pastizal ha ganado buena parte de la misma. Tal vez no se pudo terminar por falta de recursos, por falta de visión o tal vez por otras razones. No permitamos que nuestras generaciones, las que nos siguen (hijos, nietos…), sean terreno ganado por el pastizal del silencio de las generaciones del presente. Tenemos el desafío de hablar, de brindarles herramientas… de hablarles de Dios, del Creador, del Salvador.

Somos responsables por nuestras familias…¿de qué les estás hablando a los tuyos?

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