En 1926 se publicaba “El juguete rabioso” de Roberto Arlt. A un siglo de aquel hito, la editorial Alfaguara lanza una flamante edición crítica de la novela que incluye textos de gigantes como Julio Cortázar, Juan Carlos Onetti, Ricardo Piglia, Beatriz Sarlo, entre otros. A continuación, compartimos el lúcido texto de presentación escrito por Claudio Zeiger.
La publicación de la novela en 1926 fue un milagro literario. Nadie lo esperaba en la aldea de aguas tranquilas que solían ser las Letras nacionales. Pocos lo leyeron, entre la incomodidad y el disgusto. Algunos vislumbraron destellos del futuro, como Ricardo Güiraldes y Jorge Luis Borges.
Arlt, que apenas había tenido lo que hoy llamamos juventud, escribió la obra entre los diecinueve y los veinticuatro años y murió joven, a los cuarenta y dos. Tras su muerte, sus novelas fueron cayendo vertiginosamente en el olvido. A pesar de todo, de manera algo misteriosa, el texto fue sacando fuerzas de su propia entraña, generando una potencia que lo proyectó hacia el futuro.
La trama es la de una protonovela picaresca que va armando una historia fragmentada, rota y, por eso mismo, esencialmente moderna.
El niño aventurero y la caída en lo real
En los dos primeros capítulos se van a ir trajinando los deseos imaginarios de Silvio Astier: ser un ladrón refinado como Rocambole, un poeta maldito como Baudelaire o, a los catorce años, autopercibirse como “el niño aventurero”.
Al imaginario de la salvación mediante el golpe de mano se contrapone la ilusión de desear inmortalizarse como uno de los grandes bandidos literarios. Pero la caída vertical en el mundo del trabajo y las miserias humanas llevan a que, por debajo de los hechos de la vida, se vaya armando una corriente subterránea: “Acostábame rabioso, despertaba taciturno”. Crece la rabia, por dentro.
En el tercer capítulo, Astier caerá bajo el doble signo del sexo y la traición. Va en busca de un destino en la Escuela Militar de Aviación que lo someterá a un derrotero de incomprensión, resumido en la respuesta definitiva del Director: “Vea, amigo, su puesto está en una escuela industrial. Aquí no necesitamos personas inteligentes, sino brutos para el trabajo”.
Estas palabras lo noquean y lo llevarán a tratar de afirmar desesperadamente su masculinidad y a adquirir un revólver con el que apoyará el cañón sobre su corazón bajo la convicción paradójica: “Yo no he de morir pero tengo que matarme”.
Sexo y traición: La belleza de Judas Iscariote
El tema de la traición en “El juguete rabioso” de Roberto Arlt es el núcleo duro. Es el punto en el que se condensa la súbita comprensión de que Arlt es nuestro primer escritor sin filiaciones y desobediente del pasado.
Anticipa la noción de un mal expresado en un acto gratuito y banal: delatar al Rengo, un amigo y compinche. Y en el mismo acto, hacerse un soplón de la policía y un aliado del poderoso social. El joven vapuleado por los adultos se torna un traidor hermoso y maldito, resumiéndolo en una frase notable: “Y seré hermoso como Judas Iscariote”.
El legado de nuestro primer escritor absoluto
Podría decirse que más que nuestro primer escritor salvaje, Roberto Arlt es nuestro primer escritor absoluto, todo hecho de sí mismo. Asumió el estigma de “escribir mal” como anti-estilo.
En esta materialidad un poco grotesca y agobiante de lo libresco es donde quizás resida el anhelo máximo de su autor: no se trata de ser un ladrón genial, sino de sentarse de una vez por todas a escribir. Ser un escritor. El que se ganará el pan acomodando una frase atrás de la otra en ruidosas redacciones.
Cien años después, “El juguete rabioso” de Roberto Arlt vuelve recargado de esa potencia hecha de angustia adolescente y una obstinada vocación literaria, directo hacia nosotros, sus lectores del porvenir.