Buenos Aires, 18/07/2024, edición Nº 5066
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Vecinos Famosos

Anita Martínez, la actriz de la calle Rivera Indarte: “Cada vez me cuesta más salir de casa, ahí tengo todo”

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(Barrio de Flores) “Estoy muy sensibilizada y movilizada últimamente. Me volví bastante llorona”, dice Anita Martínez. La actriz de la calle Rivera Indarte atribuye este estado a una situación de salud que afecta a su madre, pero además, “a los años”. Lejos de regodearse en la melancolía, Anita le pone chispa y humor a todo. Y es capaz de contar con humor en una entrevista con Clarín una anécdota que la tuvo al borde de la tragedia, como la del secuestro del que salió ilesa gracias a la publicidad del desodorante de inodoros que protagonizaba por entonces.

El hecho sucedió hace más de diez años. Entonces, Anita y su ahora ex marido, Jorge, estaban en la puerta de su casa bajando del auto cuando aparecieron dos hombres que, a punta de pistola, los obligaron a subir al coche con ellos. “Nos llevaron por la autopista no sé cuántos kilómetros, nos pedían plata y yo solo tenía 50 pesos. Hasta que, en un momento, nos habían sacado hasta la ropa, nos obligaron a tirarnos del auto en movimiento y así, como pudimos, llegamos a una zona donde había unas casas. En una de esas toqué timbre. En la propaganda también tocaba timbre en una casa y decía “Hola, soy Anita Martínez. Vengo a ver tu inodoro. ¿Querés hacer el desafío Harpic? Pero en este caso, cuando la chica que me abrió la puerta pensó que era por la publicidad, le dije: “Hola, soy Anita Martínez, me secuestraron, ¿no me prestás tu teléfono para llamar a la Policía?”.

– ¿Te reconoció de la publicidad?
– Sí. Fue un amor, nos dejó pasar y nos ayudó. Pero se ve que ese día todo estaba destinado al delirio, porque cuando salimos de la comisaría nos tomamos un taxi y el chofer era fanático de Elvis Presley: iba vestido como Elvis, con el auto ambientado y escuchando música de Elvis al palo. No nos olvidamos más.

Mucho después, en 2014, Anita pasó por la pista del Bailando junto a Bicho Gómez y brilló como bailarina y cómica. Pero no todo fue alegría. En una de las pruebas, se quebró una rodilla. “Fue rotura de ligamento cruzado anterior, típica lesión que tienen los futbolistas”. Eso la destruyó anímicamente. “Sentí que había perdido poder sobre mi cuerpo. Hasta entonces y desde chica, yo saltaba los portones, me trepaba a cualquier parte y esa quebradura me mantuvo sin moverme durante meses”.

-¿Cómo lo superaste?
-Me operé, hice rehabilitación, pero aún hoy sigo sin poder correr. También hice terapia y me llevó un año asimilarlo. Ahí decidí hacer yoga y terminé recibiéndome de profesora de yoga, especializada en yogaterapia y en yoga en el agua. Me cambió la forma de ver la vida.

-¿Qué descubriste?
– Que todo pasa por algo y, a veces, si no parás la máquina, que es el cuerpo, te paran de alguna manera y el golpe te viene de afuera. Vivimos tiempos de ansiedad y angustia, pero somos energía en un proceso dinámico, tenemos que aprender a usarla. Ese quiebre, literal, para mí fue poder aceptar que había cosas que no eran como yo quería.

-¿En qué creés?
– Creo un poco en todo, por lo menos en todo lo que hace bien. Vivimos en una sociedad que no nos enseña a respirar, ni a relajarnos y mucho menos a querernos cuando somos viejos.

-¿Te asusta la vejez?
– No, creo que deber ser un pasaje maravilloso con cosas para descubrir, aunque el sistema es muy expulsivo con los ancianos. Nos preparamos solo para rendir. Tenemos que darle valor y respeto a la ancianidad. Si no, ¿para qué queremos vivir más si vamos a vivir mal?

-Está instalada la tiranía de permanecer jóvenes a cualquier precio.
– Este país odia las canas. Hasta los hombres se tiñen. Y a mí me encantan las canas porque es aceptarse en el paso del tiempo. Mirá a Angela Molina, lo bella que es con su cabellera canosa y sus arrugas. Además, la sexualidad, el placer y todo eso no tienen que ver con la edad. Nunca estás exento de que te pase algo y en ese caso, tenés que amar tu cuerpo igual.

-Hay una exigencia constante para lograr una supuesta perfección.
Pero estamos todos muy lejos del paradigma de la perfección. Ahora está la moda de la dentadura blanca perfecta, pero para esto tenés que invertir como si te compraras un auto.

-¿Sentiste esa exigencia alguna vez?
– A mí me dijeron muchas veces que me operara las tetas y la nariz para que me fuera mejor. Pero si empiezo por ahí, ¿ dónde termino? ¿Tener las tetas más grandes es sinónimo de más felicidad? Yo creo que es cuestión de aceptarse. Me parece que tenemos miedo de ser vulnerables.

-¿De dónde viene ese miedo?
-Tal vez nos falta inteligencia emocional. Nadie nos prepara para vivir el presente, no nos acostumbramos a parar la pelota y decir ¿Qué me pasa hoy, ahora con tal cosa o tal persona? ¿Quiero esto? ¿Esta situación me hace bien?

-¿A las mujeres se nos exige más con la cuestión de la imagen?
– Me parece que ésa es la gran grieta sobre la que todavía nos falta mucho por debatir. Creo en el feminismo porque estamos necesitando igualar derechos y sufrir menos por tenerlos. Porque mientras tratamos de lograr una equidad, aguantamos. Creo que ahora está todo desacomodado porque el debate recién empieza.

-¿Te preocupa que tu hijo se crie con esos conceptos o tratás de inculcarle otros modelos?
– Por suerte en los más jóvenes hay otra conciencia con respecto a la diversidad y a la igualdad de derechos. Mi hijo Lorenzo, Lolo, tiene 10 años y tiene mucho carácter. Nunca tuvo penitencias porque yo hablo todo con él. No sé si está bien o mal o eso. Hablo mucho de libertad porque los chicos entienden todo pero necesitan ayuda y nosotros los adultos, también. La educación es la clave. Si machacás y machacás con algo bueno, la información entra. Con Jorge su papá, estamos separados desde que Lolo tiene un año, pero aunque no somos pareja, seguimos siendo familia, aprendimos que se puede convivir con otras realidades. Me parece que en el amor se puede creer. Y quienes mejor te enseñan eso son los animales.

-¿Cómo nació tu amor por los animales?
-Desde chica, siempre tuve perros y gatos. Llegué a tener siete en casa, siempre rescatados. Ahora tengo tres: Chiquita y Negrita que fueron rebautizadas por mi mamá como Viviana y María del Carmen porque dice que son contemporáneas de ella y Cory, que es un galgo divino pero odia a Mickey.

-¿Cómo que odia a Mickey?
-Sí, cualquier cosa que tenga esa forma o se parezca a un Mickey lo detesta y lo destroza.

Pero el amor por los animales que profesa Anita no se queda en sus mascotas. La actriz colabora desde hace años con el Refugio San Francisco de Asís, de Cañuelas, que se ocupa de rescatar animales. Y hace lo mismo con Pumakawa, una reserva de pumas en Córdoba que trabaja con los animales que perdieron su hábitat debido al desmonte. “Creo que los que tenemos medianamente una exposición pública, tenemos que ayudar con alguna causa”.

Acostumbrada a la vida itinerante, Anita está cambiando mucho el rumbo. “Viví mucho tiempo de gira, incluso me fui muchas veces sola con Lolo por el país. Paraba para darle la teta y seguía manejando. A veces llevaba la casa rodante con los títeres y la armaba en cualquier lugar. Cuando quedaba iluminada de noche, era nuestra casita de los sueños. Tengo 44 años y cada vez me cuesta más salir de casa. Ahí tengo todo. Hasta una huerta en el balcón donde cultivo acelga, zanahoria, tomates, lechuga, papas, todo en macetas.

-¿Comés de tu propia huerta?
Si, es lindo ganarte lo que comés trabajando la tierra. Solo hacen falta lombrices y tierra porosa. Con amor, la planta crece.

-De no ser actriz, ¿que te hubiera gustado ser?
Médica. Me parece maravilloso poder hacer algo más con alguien que darle un abrazo.

Anita Martínez interpreta Histeriotipos, escrita por Claudia Morales y dirigida por Diego Reinhold, en el que la actriz repasa, con humor, diferentes estereotipos de citas al estilo de manual de autoayuda. Todos los jueves a las 20 en el Teatro Regina (Av Santa Fe 1235). NR

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