Buenos Aires, 22/05/2024, edición Nº 5009
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Reflexión sobre el Día del Padre

Sergio López invita a repensar el tradicional festejo

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Como es conocido por casi todos, el 3er. domingo de este mes se festeja en Argentina el “Día del Padre”. Éste es un día muy especial en muchos sentidos. Primeramente en sentido comercial, porque este tipo de fechas (día del padre, de la madre, del niño, del amigo, del enamorado, etc.) surgen por el interés económico que se satisface con el direccionamiento del consumo masivo hacia diferentes productos; pero especialmente, por el hecho de que cada uno de nosotros tiene una historia particular desde la cual cada año enfrenta esta celebración. Hay quienes han tenido padres presentes y también quienes no los tuvieron; habrá quienes tienen a sus papás vivos y también quienes ya no los tenemos con nosotros; hay quienes tuvieron padres amorosos, pero seguramente también habrá quienes sienten que han tenido padres que hubiera sido mejor no tener. Sea como fuere, este día nos impacta a todos, porque todos tenemos un vínculo con alguien que reconocemos como padre (sea desde su presencia o desde su ausencia), y además cada uno de nosotros somos movilizados emocionalmente de forma totalmente diferente según la cualidad de lo que históricamente hemos experimentado.

Ahora, muchas veces habrás escuchado hablar del “Padre” (en referencia a una de las tres personas de la Trinidad de Dios), pero ¿qué significa tener a Dios como Padre?. En el evangelio de San Juan 1:12-13 podemos leer: “Mas a cuantos lo recibieron, a los que creen en su nombre, les dio el derecho de ser hijos de Dios. Éstos no nacen de la sangre, ni por deseos naturales, ni por voluntad humana, sino que nacen de Dios.” Lo que leíste en este pasaje bíblico, está referido directamente a la misión de Jesucristo como salvador del mundo, y al nuevo nacimiento que deviene de aceptar y recibir su obra de una manera personal. Quienes son capaces de reconocer su debilidad, su imperfección y su pecado, y reconocen a Cristo como salvador personal, experimentan un nuevo nacimiento que viene de Dios; esto es que: son hechos hijos de Dios.

En 1 Juan 3:1 podemos leer como el apóstol Juan se maravilla de esto: “Miren con cuánto amor nos ama nuestro Padre que nos llama sus hijos, ¡y eso es lo que somos!…” Me lo imagino escribiendo esta frase con una gran emoción, y no puedo evitar que se me humedezcan mis propios ojos al escribir esto que me recuerda del amor que Dios tiene por mí y leer la afirmación acerca de “eso que soy”: “Hijo de Dios”, porque “Todo el que cree que Jesús es el Cristo, ha nacido de Dios…”. (1 Juan 5:1)

Por eso, en esta semana especial, quisiera hacerte una invitación también especial: si ya creíste en Jesucristo recibiéndolo como tu salvador personal, te invito a reconocer la magnitud que tiene saberte Hijos de Dios, receptor de su amor, su perdón, su cuidado y su herencia, y a celebrar el domingo (y cada día) que Dios es tu Padre. Pero si ésta no es tu experiencia aún, mi invitación es a que te animes a la aventura maravillosa de reconocer a Jesucristo como Señor y Salvador, para comenzar una “vida nueva” que tiene nada menos que a Dios mismo como Padre perfecto y eterno.

Escribe Sergio López

 

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