Buenos Aires, 03/10/2022, edición Nº 4412
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Vecinos Famosos

Alejandro Dolina revela las pistas de su nuevo libro: “Notas al Pie”

Con elocuencia y picardía, el escritor, conductor y locutor habla de “Notas al pie”, su novela más reciente, y también de la vejez, el humor, sus personajes, la escritura y la creatividad

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El escritor y conductor radial Alejandro Dolina revela pistas para entender las claves argumentales de su nuevo libro, Notas al pie, y las estrategias y trampas que puso en juego para lograr una propuesta sin género definido, en la que el lector puede ser fácilmente engañado, mientras es convocado a ser testigo de sus reflexiones sobre el paso del tiempo, la sabiduría o la vejez.

“Es difícil congraciar la sabiduría y la vejez. Los viejos sabios que yo he conocido eran sabios a pesar de que eran viejos, no porque eran viejos”, sostiene.

Dolina se define como una persona de “pocas virtudes morales, como la tenacidad o el empeño”, pero su carrera y su último libro, de casi 500 páginas, no dicen lo mismo. Como su sagacidad para observar el mundo cotidiano, el humor brota hasta en los momentos más inesperados. “Gracias por las horas desperdiciadas acá”, dirá al final de esta entrevista.

Cuando se le formula la pregunta clásica “¿de qué va el libro?”, dice que no hace falta hablar del argumento, ni de los personajes, ni de lo que pasa, sino de la trampa. Esta novela es, en sí misma, una trampa. ¿Qué otra cosa es un escritor, sino alguien que está todo el tiempo viendo a quién robar?

Nueve años después de Cartas marcadas, su debut como novelista, Dolina publica ahora Notas al pie (Planeta), en la que narra lo que ocurre luego de la muerte del escritor Sergei Vidal Morozov, cuando una editorial le encarga a De Robertis, su colaborador estrecho y discípulo, una recopilación de cuentos póstumos.

Lo que parece ser un libro de relatos va mutando ante la aparición de una serie de notas de su colaborador erudito, que lentamente excede su lugar y empieza a extenderse en sus comentarios. Las apostillas avanzan tanto que por momentos ocupan toda la hoja, y se despliega la trama subterránea plagada de situaciones y personajes: de repente uno quiere saber más de De Robertis y menos de Morozov, y Dolina responde a ese deseo.

La historia pone en escena al mismísimo Morozov y una obra de teatro hecha con un grupo de niños actores en la que hay amores correspondidos y no correspondidos, un diamante robado, traiciones, secretos y un crimen. El desafío como lector es escaparse de los esquemas clásicos y entregarse a un mundo extraño y sorprendente, diferente a cualquiera que haya creado antes el autor de Crónicas del Ángel Gris y conductor del ciclo radial La venganza será terrible, que ya lleva más de tres décadas en el aire.

Notas al pie tiene una arquitectura muy particular, diferente a cualquier otra novela. ¿Cómo fue el proceso para poner a dialogar dos historias, de manera paralela, en un mismo texto de casi 500 páginas?

—La intención fue que esa tensión se construyera de manera gradual. Ojalá haya pasado: no estaba seguro cuando lo escribía y tampoco lo estoy ahora. Sería bueno que la tensión estuviera en su grado justo todo el tiempo, y si me salió, fue de casualidad (risas). Fue mucho ensayo y error. Muchas veces, durante el proceso, leo lo que escribo y pienso: esto es insoportable. Eso pasa cuando uno sobreescribe o mantiene tirante el argumento demasiado tiempo. El libro tiene una cantidad importante de personajes que juegan en historias paralelas y por eso se corrió el riesgo de que fuera un poco un pan dulce. Nos salvamos raspando.

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—Pareciera haber una modificación o ruptura del pacto clásico de lectura, una búsqueda de un lector más activo, que esté dispuesto a sorprenderse…

—Sí, hay una búsqueda de un lector que sea de barrio. Este libro le reclama al lector que reconozca como propios algunos guiños, que sepa qué le pasa a determinadas personas en determinados momentos. No es un misterio, es una actitud de escritor desear que el lector conozca muchos tangos. El lector inocente es un inconveniente para este libro, que requiere de uno más cínico, adivinador de trucos.

—La trama tiene momentos policiales, teatrales y humorísticos. ¿Cómo conviven esos géneros en una novela?

—Conviven en mí. Suelo utilizar el humor para evitar caer en cierta solemnidad, y me esfuerzo, también, en no abusar del humor. Sor Juana Inés de la Cruz decía que el amor es como la sal: daña su falta y daña su sobra. Yo diría que el humor es así: daña su falta. Los escritores que viven con el ceño fruncido no van. Pero mucho peor son esos tipos que no dejan pasar una chance de ser chistosos; hay que resistir mucho la tentación del chiste fácil. El humor es el que ofrece mayor riesgo de sobredosis. Prefiero un humor que no aparezca evidente en su intención, pero que al cabo de una suma de acontecimientos simultáneos nos haga caer en la cuenta de que estamos viviendo una situación absurda. Hay una escena de la novela en que aparece el padre de Morozov en una situación de muerte cerebral: está vivo pero no escucha, ni habla. No se comunica. Está el amigo de Morozov que hace la promesa de no hablar, bajo un voto de silencio. Casualmente Morozov va a visitar a su padre en compañía de su amigo, y están absolutamente incomunicados los tres. Es una locura completa: tres tipos que no se comunican, que da lo mismo que no estuvieran, y a su vez están. Es una escena absurda y también tiene cierta tristeza, porque es una metáfora del patético intento que hacemos los seres humanos para comunicarnos.

—Martín Kohan plantea que es un error preguntar “de qué va o de qué se trata” una novela. En algunos casos eso es más fácil identificarlo, pero en Notas al pie es bastante difícil. ¿Podrías definir vos de qué habla?

—En este caso no hay que hablar del argumento, o de los personajes, o de qué pasa, sino de la trampa. Muere un escritor, publican sus cuentos póstumos, su discípulo hace las anotaciones y el prólogo, pero resulta que mientras lo va haciendo va abandonando las notas eruditas para pasar a contar confidencias y revelaciones vinculadas a su relación con el escritor. El libro viene a hacer creer que son cuentos y luego se convierte en una novela. La novela trata de eso: el cambio de género. Esa es la trampa.

—En varios tramos de la novela aparecen el deseo, el amor y la belleza, conceptos que a simple vista son “positivos”. Sin embargo, vos los tratás con cierta complejidad, los relativizás. ¿Con qué objetivo hacés ese procedimiento?

—Es como lo que vemos en los mitos, en donde los dones tienen su precio, un precio tremendo. El precio de la belleza, por ejemplo, aparece en mis libros. La belleza tiene una desgracia, un costo. Son cosas que yo he visto en la vida real. La vida de la mujer hermosa, por ejemplo. Siempre esas ideas vienen complicadas desde el punto de vista clásico, ¿no? Por ejemplo, cuando dos quieren a uno. Yo trato, igual, de no mezclar temas o problemáticas actuales con asuntos más clásicos. Me gusta más jugar con asuntos de mitos clásicos de la literatura. Mis personajes favoritos de esta novela son mujeres: como la maestra, que aparece como muy sensual y, al mismo tiempo, casi paralelamente, con una inteligencia exuberante.

—También hay mucho de la sabiduría y de la vejez. ¿Cómo te llevás con estas ideas?

—Con la sabiduría bien, con la vejez mal (risas). La vejez suele ser un inconveniente para la sabiduría: el cerebro empieza a reaccionar con más lentitud, el reconocimiento de estupideces empieza a flaquear. Hoy no tengo más remedio que asumir mi condición de viejo, ya que así lo dice el almanaque. Y no es que me he vuelto estúpido, eso ya venía de antes. Tuve una larga tradición de estupidez juvenil que me ha ayudado muchísimo en estos años a cristalizar mi condición de viejo. He conocido a hombres que siendo más jóvenes levantaban tierra con sus suspiros, y ahora están perdiendo un poco de gracia. Y cuando una persona no se da cuenta que ha perdido la gracia y trata de ejercerla, es patética. Un síntoma de decadencia es empezar a reírse demasiado. O estar amargado todo el tiempo. Es difícil congraciar la sabiduría y la vejez. Eso que aparece en los cuentos,especialmente en los cuentos con moraleja… Eso nunca lo vi en la vida real. Los viejos sabios que yo he conocido eran sabios a pesar de que eran viejos, no porque eran viejos.

—En un pasaje del libro se plantea que existen los “fantasmas” de las personas que han pasado por nuestras vidas y ya no están. ¿Cómo es tu relación con el pasado, con los vínculos y lo que ellos nos dejan?

—Yo creo que existen los fantasmas. Son las personas que han estado en nuestras vidas y se han ido. Personas que han elegido irse, nos han dejado, se han mudado, se han cambiado de colegio. Siguen formando parte de nuestra vida, ahora en carácter de fantasma. Esos parientes que no vemos nunca son fantasmas y nosotros somos fantasmas para ellos. Porque uno en la vida aspira a no perder nada, especialmente cuando está harto porque ya ha perdido muchas cosas. Como en toda construcción en donde algo se pierde, es triste, pero a mí me gusta cómo funciona la metáfora. No es que me guste que ocurra, me gusta desde el punto de vista del pensamiento. Cuando pienso en ciertas mujeres que he creído alguna vez que eran las mujeres de mi vida, y veo cuál es el papel que ocupan ahora en mi vida, no puedo menos que sentir cierto desencanto. No porque la chica se haya casado con otro señor, sino porque en algún momento todo lo que para nosotros fue indispensable se va desinflando y va adquiriendo un lugar secundario, ausente y fantasmal.

—En el pasaje final de la novela decís: escribir para redimirse, leer para perdonar. ¿Vos escribís para redimirte y leés para perdonar?

—Posiblemente. Me gustaría creer que con el esfuerzo que requiere un libro, un cuento o un poema, uno tiene derecho a que le descuenten algo de las penas del purgatorio. Que algunos de los pecados que uno ha cometido alcancen alguna clase de perdón. Es un deseo, claro. Y leer es perdonar, es meterse en la vida de los otros, en los pecados de los otros. Para qué leer si no es para perdonar.

Alejandro Dolina: “Siempre los personajes de mis novelas se parecen mucho a mí”

Habituado a los procesos de creación colectiva, como podría ser considerado La venganza será terrible –el mítico ciclo de radio que conduce desde hace más de 30 años y que hasta la pandemia se emitía con el público presente en el estudio– , Alejandro Dolina suele conjurar la impronta solitaria del trabajo literario con rituales de intercambio que incluyen la colaboración de amigos, colaboradores y hasta de su hijo Martín, que participó activamente de la escritura de Cartas marcadas, la novela que precede a la flamante Notas al pie.

—¿Qué juego o desdoblamiento hay entre el escritor protagonista de la novela, Morozov, y vos mismo como escritor? ¿Cuánto hay de vos en Morozov?

—Siempre los personajes de mis novelas se parecen mucho a mí. El viejo Marco Ferenzky, de Cartas marcadas, es un viejo sabio y también soez, le gustan los chistes de churrasquerías, dice malas palabras por el puro gusto de decirlas, es un poco malvado. En Notas al pie Morozov es un hombre un poco perdido, no entiende muy bien dónde deja las cosas ni qué es lo que está haciendo, si realmente lo está haciendo bien… y tiene también cierta malevolencia en ese tipo de distracción. Y luego está De Robertis, el que ha sufrido las injusticias. Todos somos un poco ese personaje, porque creemos haber sido víctimas de injusticias, aunque no haya sucedido en realidad tal cosa. Y como De Robertis, todos buscamos una especie de venganza.

—Siempre hablás del equipo que trabaja con vos y destacás el aporte de tus dos hijos. ¿Todo tu trabajo es una experiencia colectiva? ¿Cuánto hay de ellos en Notas al pie?

—Mucho. La mayoría de las personas que trabajan conmigo son artistas o escriben. Ellos ven con qué intensidad me dedico a esto, el esfuerzo que me cuesta y la frustración que me producen los malos resultados. Trabajan junto a mí, a veces de un modo figurado y a veces concretamente, con acciones. Por ejemplo, me traen el dato de cuándo nacieron las notas al pie. Y a veces los consulto en momentos concretos del argumento, discutimos decisiones. Cartas marcadas la escribí directamente con Martín (Dolina, su hijo). Su mirada cinematográfica me ayudó a escribir esa novela.

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