Buenos Aires, 14/06/2024, edición Nº 5032
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El barrio de Flores, según Guillermo Roux

El artista describió aquel lugar, asociado a sus más luminosos recuerdos.

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Nací en Flores en una época de quintas y jardines. Era parte lejana de la Ciudad, un barrio de los alrededores. Casas bien construidas, adornadas, grandes ventanales, rejas bien talladas y también casitas bajas, blancas, chatas y de tanto en tanto, una torre o un molino.

No era Buenos Aires, era un remanso florido, sereno y silencioso, perfumado de jazmines del país y de enamorados en los zaguanes. En verano los vecinos tomaban cerveza en la vereda, sentados en sillas de paja, los hombres en pijama y las mujeres con vestidos abotonados adelante. Esa clase media de persianas entrecerradas, patios sombreados por el toldo, mesas largas con abuelos en la cabecera.

Avellaneda era tan arbolada como ahora sólo que por allí corría el tranvía 99 a Plaza Lavalle. Por Artigas, un pequeño ómnibus azul y ruidoso venía desde Gaona. En las esquinas, de tanto en tanto, un guardia sonaba un pito al que respondía otro más lejano. Un farol con bombita a mitad de cuadra, otro en cada esquina, con pantallitas de hierro que se sacudían con el viento.

Sobre el empedrado o el moderno asfalto de Aranguren (antes San Eduardo), el círculo de luz en donde los chicos jugábamos. De tanto en tanto, apoyada en un trípode, la enorme bandeja con fainá que se vendía al corte. Algún vecino compraba la leche recién ordeñada de las vacas que paraban en la puerta. El tarro llegó después.

La casa de mis padres está aún a mitad de Aranguren entre Fray Cayetano y Artigas, blanca y chiquita. Zócalo de mármol, zaguán, cortinas al crochet. El arbolito recién plantado ahora es un árbol. Ahí viví hasta más o menos los 22 años, en que tomé el vapor Salta y me fui a Europa.

Toda mi historia infantil en Flores gira alrededor de la bicicleta. Era mi pasión. Tenía un farolito a dínamo lleno de firuletes que en mi primera caída se rompió. Siempre extrañé ese farolito roto. Los chicos no teníamos mucha oportunidad de ir más lejos de la cuadra. Raramente a la Plaza, con compañía, allí, en la esquina: “La Perla de Flores”, sobre Rivadavia, a comprar cubanitos de dulce de leche.

Hice los primeros grados en la Nº 12. Recuerdo a Benito el portero, el pancito dorado a la salida, el cuadriculado del piso, la profesora de 2º grado. El maestro Alamprese que me cambió la letra y me dio las primeras lecciones de hombría. Y Sívori, que pintaba con lápices de color los árboles de Buenos Aires.

Si el estudio iba bien podíamos ir al cine. El Rex, para todo el mundo; el Pueyrredón, más caro; y el San Martín, carísimo, casi no se podía ir. Allí vi Casablanca y no dormí varias noches. Yo quería vivir algo así. ¿Es que el mundo sería así?

Por una Ciudad sin barreras

En Flores está la esencia de mi pintura: comencé pintando con emoción ese mundo desaparecido. En el arte argentino no había antecedentes de exaltar todo aquello y por lo tanto, al principio no fue entendido. Así y todo, aquellas sensaciones alimentaron todo lo que hice. Flores con sus veredas flojas fue mi sostén, mi razón de ser y cada vez que lo necesito está allí para siempre en el tiempo.

Aunque no lo haya pintado está el espíritu de Palmieriel librero que me vendía los primeros lápices; el alma nobilísima de Angiolino, el zapatero italiano que en el garaje, en su sillita chata de paja y hundido en montañas de zapatos reparaba suelas y ponía chapitas en la punta; y el repartidor de carne, siempre al trote porque se entrenaba para boxear en Castro Barros.

La protectora cercanía del Alvarez, donde a pesar de los esfuerzos denodados de los médicos se nos fue Jorgito al caer de una azotea. Casas misteriosas, que aún están, y chicas inalcanzables para mí, que sufría al verlas en el cine con el novio oficial. Toda una íntima poesía, hecha también de dolores, por ese camino va lo que hago.

(*) Esta columna fue publicada por Guillermo Roux hace diez años. 

 

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