Buenos Aires, 16/04/2024, edición Nº 4973
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El Farolito, la librería que está entre las verdulerías y carnicerías del Mercado Rivadavia

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La familia Cézare puso una librería en el local 25 del Mercado, a unos pasos de la Estación Carabobo del subte.

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(Barrio de Flores) La locura se manifiesta de diferentes maneras. Daniel, su hijo Sebastián y su nuera Cintia –la familia Cézare– pusieron una librería en el Mercado Rivadavia, local 25, bien al fondo. O sea, frutas, verduras, dos kilos de batatas a 15 pesos, medio de nalga y un Galeano cortándose las venas (antes abiertas) de América Latina. En los pasillos, si preguntás por ellos, la gente sonríe. Creen que uno está más chapa que el otro y que los tres tienen menos marketing que Cristina Banegas.

La librería se llama El Farolito, en Rivadavia al 6.300, a unos pasos de la Estación Carabobo del subte. Sus responsables saludan al recién llegado como salidos de un extraño paisaje onírico.

Ustedes son un poco raros…

Somos libreros de feria. Mi hijo nació en una feria y yo soy librero especializado en ferias.

No conocía esa categoría…

Es una raza no muy difundida, pero en el ’79, cuando se abrió la verdadera Feria del Libro, la que está en Plaza Italia, yo estuve ahí. Fui uno de los pioneros y supe lo que era vender libros que estaban prohibidos. En esos tiempos sólo abríamos sábados y domingos. Después hice lo mismo en una feria de San Antonio de Padua y ahí nace mi hijo Sebastián. Sebastián creció entre libros y ahora es librero como el padre. El hacía unos libros de poesía que…

Sebastián: “Unos libros pintaditos a mano que recopilaban autores geniales como Gelman, Brecht . Y yo. Jé. Como me dijo alguien: tenés que tener muy 21 años para hacer eso. Y sí, éramos demasiado jóvenes.”

Daniel: “Nos dicen que somos una especie de anomalía comercial… Puede ser. Por suerte adelante, no sé si viste, hay una verdulería que trabaja realmente muy bien”. ¿Y? “Y eso nos viene bárbaro. Mucha gente hace sus compras y, ya que está, se da una vueltita por los confines”.

Sebastián: “Me gustaría que sepas que esta es la única librería del mundo donde la gente apoya la bolsa de chorizos sobre los clásicos de la literatura universal”.

No bien llegás al local, te cruzás con una necesaria declaración de principios fotocopiada: Nuestra intención es relacionarnos con personas que vivan sus vidas nutriéndose de la sustancia de las buenas historias (…) Somos conscientes de nuestra vocación y crecemos con ella y con quienes confían en nosotros. Hemos instalado nuestra librería en el mercado Gran Rivadavia y con amor y esmero diseñamos nuestro local para que, como en un gabinete de curiosidades, las personas encuentren los libros que les sean afines.

Cintia también es de la partida. Sebastián y ella son dos vecinos de Floresta que acaban de comer perdices. Callada, casi secreta, Cintia sólo dirá que “el principio del viaje está al final de mercado”.

¿Cómo definirían al lector argentino promedio?

En el barrio hay cadenas pero no sobran librerías de viejo. A nosotros nos gustan los buenos lectores y si consideramos que la gente compra bien, les hacemos una rebaja. Es un criterio arbitrario, muy nuestro. Es que últimamente las librerías sirven para gente que no lee demasiado. Ocurre que cuando el lector es bueno, las librerías dejan de ser un negocio. Por eso también tenemos que vender a Bucay y autores por el estilo…

¿Y cómo creen que es el lector de Palermo Soho o Hollywood?

En Palermo leen a Fabián Casas, aunque es de Boedo, já. A ver –arriesga Daniel–: me parece que Palermo se caracteriza por una literatura con cierta rebeldía estética y contemporánea. Leen a Libertella, a Fogwill, a César Aira.

….
Una señora apoyó el kilo de milanesas sobre un libro de John Fante, pieza casi inhallable. Daniel advirtió el movimiento, levantó la bolsa con delicadeza y –¡vaya casualidad!–, lo acomodó sobre un Bucay. En el mercado hay que saber aislarse para disfrutar el olor a libro, a madera muerta. El olor de los auténticos frutos del bosque.

“Es una lucha constante contra el prejuicio. Pero nos gusta contradecir lo establecido. No nos afecta ir contra la corriente. Durante la Dictadura vendía libros prohibidos. Los escondía bajo una tela azul que oficiaba de mostrador sobre unas tablas”, cuenta Daniel y saca unas rarezas que son su orgullo.

¿Robar un libro es robar?

Bueno, yo escribí un cuento donde robar libros era como tomar préstamos. ¿Quién no lo hizo alguna vez? Para mí es como llevarse comida cuando estás hambriento. Nadie en su sano juicio diría que eso es robar.

Fuente: Clarín

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