Buenos Aires, 17/08/2022, edición Nº 4365
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Vecinos Famosos

Juanita Bacigalupo estrena sus 106 años de vida, vive en Flores y evoca un siglo de la Argentina

Juana Bacigalupo nació en 1916, el año en que asumía la primera presidencia Hipólito Yrigoyen. Su vida estuvo dedicada a la costura, a su marido e hijos que ya no están más en este mundo. Sin nadie, la cuida el ex juez Zaffaroni, que era amigo de la escuela primaria de su hijo mayor

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Juanita Bacigalupo nació un 24 de junio de 1916. Hace muy poco estrena sus largos y muy bien llevados 106 años. Recibe en su living, del barrio de Flores, que se mantiene intacto desde cuando se casó. No recuerda bien qué edad tenía cuando fue la boda, y en algún momento pierde la cuenta de su edad, pero sabe perfectamente que su vestido de novia se hizo con “17 metros de brocato importado”. La cola del vestido de la foto en blanco y negro destaca en ese living frío, de piso de mármol. Los muebles son de “nogal italiano”, recalca. Fueron y vinieron de Córdoba, donde vivió de recién casada.

En un cristalero relucen las copas de cristal labrado de su casamiento. “Las usé mucho”, asegura. El mueble que esconde su tocadiscos Winko está en desuso. Hasta hace un tiempo su hijo lo encendía para escuchar tangos, pero ya no está más en esta vida, como sus otros dos hijos varones y su marido.

A los 106 Juanita camina con ayuda de un bastón y algún brazo amigo. Su vecina brasileña Suzane, suele dárselo siempre. “Es un ángel”, asegura Juanita. Ahora, durante el invierno no sale mucho de la casa, pero cuando el clima acompaña, sale a dar paseos y a tomar algo en alguna de las confiterías del barrio. Le cuesta levantarse de la silla, pero una vez que se incorpora camina lentamente con su bastón. Sonríe, tiene buen humor y está muy a gusto con hacer esta entrevista, aunque reitera esta periodista que nunca le va alcanzar el tiempo para escribir sobre su vida. Se divierte con eso. Hace bromas. Está lúcida, aunque a veces pierda el hilo. Quién no.

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La mujer de 106 años nació en CapitalSe crió en Parque Patricios, “un gran barrio”, destaca la mujer. Vivía sobre la calle Chiclana. Su padre trabajaba en Tribunales. Juanita fue a la escuela hasta sexto grado. La madre quería que continuara estudiando en una escuela Normal para convertirse en maestra, pero le dijo que no. Tenía claro que quería coser. Le pidió al dueño de la casa que alquilaban, el Dr. Navarro si la podía ayudar a entrar a la casa de costura tan elegante donde se vestía su mujer. Y lo consiguió.

Cuando se le pregunta a qué lugares salía durante su juventud, recuerda los bailes en los clubes. Resulta increíble, pero todavía le produce enojo que no la dejaran ir. “Ni con mi abuelita me daban permiso”. Pero un día lo logró. Y fueron con su abuelita María al Club de Parque Patricios. Se bailaba mucho tango. Y ella que iba a saber si no la dejaban ni asomarse a esos lugares. “Cuando estaban en medio del baile, la abuelita predijo: ‘Ese gordito a va a ser tu novio’. Y no se equivocó”. Así conoció a Felix Tousteau, descendiente de una familia francesa, quien se convirtió en su marido y padre de sus tres hijos varones.

Mientras fueron novios, Juanita seguía trabajando en la casa de moda, que estaba situada en Santa Fe y Carlos Pellegrini. La tienda, una paquetería, se llamaba Enriett. Abajo estaba el local y arriba el taller donde trabajaban las costureras. Toda la ropa, que se hacía a medida para “las damas de beneficencia”, se basaba en vestidos que iban a buscar a París. Presentaban dos colecciones al año.

El centro porteño, en esos tiempos, era muy elegante. Estaban abiertas, a toda pompa, las tiendas departamentales Gath & Chaves y Harrod’s, donde una vez compró una frazada, que todavía conserva. Allí hacían sus compras la clase alta porteña. Sobre esos tiempos cuenta Juanita que trabajaba mucho. “Tenía un horario de entrada pero nunca sabía cuando salía. Se comió cada plantón Felix cuando éramos novios”. Juanita trabajaba con una máquina Singer a pedal.

“No estamos ni por la mitad de mi vida. Nos vamos a hacer viejos con esta nota”, anticipa la mujer centenaria, disfrutando de la situación. Cuenta que cuando se casó, Felix no quiso que continuara trabajando. El vestido se lo hicieron en la tienda donde trabajaba. Uno de esos modelos exclusivos de los que estaba prohibido copiar por parte de los empleados. No explica demasiado y con un gesto, imita el movimiento de un cierre en la boca.

El traje de novia puede verse que con esa cola larguísima era impactante, digna de un casamiento en una catedral. La boda fue en la Parroquia Nuestra Señora de las Victorias. Y como se acostumbraba a mediados del 30, en familias de clase media, se festejó el casamiento en la terraza de su casa. Por la empresa de Félix se mudaron a Córdoba Capital. El era visitador médico de la Droguería Colombo. “Antes no se le decía visitador médico. Él le puso ese nombre. Se les decía viajantes”, explica.

“Hombre como él no hubo ninguno. Era de bueno, fabuloso. Jamás gritaba”, recuerda sobre su marido a quien quiso mucho. Con los cordobeses no hizo buenas migas. Tal vez haya sido culpa de esa vecina que quiso sembrarle dudas sobre la fidelidad de su marido tan solo porque viajaba.

De regreso a Buenos Aires, compraron en un remate su casa actual, sobre la calle Terrero, en Flores Norte. Le cuesta creer que esa casa no la quisiera nadie porque estaba sobre una calle angosta. La fisonomía del barrio poco tiene que ver con ese entonces. Va quedando poco de lo que fue. Altos edificios modernos reemplazan esas casas bajas que como la de Juanita que son el alma del barrio y veían entrar el sol por las terrazas. “Esos edificios son unos conventillos”, dice la mujer, otra vez enojada. Y agrega, en el mismo tono de desilusión: “Nadie saluda más”.

Lo más difícil es preguntarle a Juanita por sus hijos. Los tres hijos varones que crecieron en esa casa y por culpa de una enfermedad silenciosa se quedaron sin padre cuando el mayor de ellos tenía 8 años. El mes pasado acaba de morir su último hijo. Tenía 80 años. “En una palabra, se fueron todos y me dejaron sola”, dice con la boca que se le tuerce en una mueca de la angustia. Se queda en silencio. No se le puede preguntar más por ellos. Duele. Su vecina dice que uno era abogado y otro se dedicaba a la computación.

El único que le quedó fue Eugenio Raúl Zaffaroni (82), el ex juez de la Corte Suprema de Justicia entre 2003 y 2014. Él vive en el mismo barrio desde la infancia, fue a la escuela primaria J. B. Peña, de la calle Trelles junto a Héctor, el hijo mayor de Juanita“Me quiere como si fuera una madre. Es lo único que me quedó”, asegura. El colegio señorial, que es estatal, en esa época era solo para varones. Las mujeres iban a la escuela de al lado, el Facundo Zuviría. Recuerda que Zaffaroni de niño era muy estudioso. “Y todavía lo es. El bocho lo maneja bien”, asegura.

Cuando velaron a su marido en su casa Juanita no olvida la visita de un Ministro de Salud de la época, que era conocido de su marido, quién dijo en esa ocasión. “¿Qué va a hacer esta mujer ahora con tres hijos?” Y explota ahora: “me hubiese conseguido un trabajo”.

Juanita se las arregló para salir adelante. Es evidente que es una mujer con una fortaleza enorme. “Empecé a zurcir. Trabajé para una fábrica que hacía mantas de viaje. Uno de sus hijos le dijo que ningún pantalón le caía tan bien como los que hacía ella, que nunca dejó de usar su máquina de coser.

Ella sola sacó el tema de sus arrugas, que no son tantas. Y asegura con un gesto: “Nunca me estiró la piel detrás de las orejas”. Lo dice a raíz de una pregunta de una médica que quería saber qué crema usaba. Y ella, revela su secreto: “Nunca tomé alcohol. Ni siquiera esos de los champagne buenos que sirve Zaffaroni en su casa”, dice con mucha gracia. Juanita se ocupa de cocinar en su casa. Y según lo que cuenta, nunca faltan las papas y las zanahorias en su mesa.

La televisión no le interesa. “No soy amiga de la tele porque dicen tantas macanas”. Radio escucha poco porque dice que hay muchas malas noticias. Leer le da dolor de cabeza. A veces le pregunta a alguna vecina qué día es porque se pierde. Pero está al tanto del precio del kilo de carne picada. “Dónde se ha visto un precio tan alto”, exclama. “Todo se va para arriba. Nunca baja. Ahora se come lo que se puede”, agrega. Cuando se le pregunta por la situación actual del país, la califica como “una porquería”. Y cuando se le pregunta por su bandera política, lo explica: “Antes era peronista. Ahora no soy de nadie”, dice sonriendo, feliz de andar por la vida diciendo lo que piensa, sin filtro. Le gusta así.

Y concluye que le fue bien en la vida. “Si te va bien, todo va andar bien”.

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