Buenos Aires, 21/05/2024, edición Nº 5008
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Los federales están nerviosos en Flores, el mercado central de la droga

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Escribe Rolando Barbano

(Barrio de Flores) El sur, pero Flores en particular, es quizá la zona más complicada de la Capital Federal. El barrio tiene un drama al que nadie puede pronosticarle una solución inmediata: en sus calles tiene su sede el mercado central de la cocaína de la ciudad, la villa 1-11-14. Eso explica por qué en 2015 fue el distrito porteño con más homicidios -registró 40 de los 175 que hubo, la mayoría por luchas de poder narco- y por qué atrae a tantos dispuestos a matar con tal de conseguir lo que quieren. Son los que recorren la “ruta del paco” a pie, en moto o trepados al colectivo 76: roban, van a la villa, cambian el botín o el dinero por droga y vuelven a empezar el circuito, en una mecánica letal que se acentúa cada fin de año.

Se renuevan autoridades políticas, rotan los jefes policiales, pero la droga no se mancha. Hasta se sacó de la villa a los policías de la cuestionada comisaría 38° -de comprobada connivencia con el narco- y se la reemplazó por Gendarmería, cinco años atrás. Pero el negocio de la cocaína sigue ahí, intacto. Tal vez porque sus dueños no son sólo los capos peruanos que se exhiben, sino los poderosos funcionarios que se esconden.

En esta ocasión, sin embargo, a este cóctel fatal se sumaron dos ingredientes. El primero se gestó sólo tres días antes de que balearan a Brian Aguinaco (14) y es un dato que miraban con lupa en el Gobierno porteño: el comisario inspector Osvaldo Tapia, jefe de la Circunscripción a la que pertenece la seccional de Flores, fue desplazado de su cargo tras ser procesado por la Justicia por enriquecimiento ilícito -en 2010 le nació una “herencia” en forma de casa, barco y 0 kilómetro- y por un delito llamado concusión, que en su caso significaría haberles cobrado coimas a comerciantes, vendedores ambulantes, prostíbulos y vendedores de droga de Once, su destino anterior.

El segundo ingrediente es algo que está contaminando a toda la Ciudad: el traspaso de una parte de la Policía Federal a la órbita porteña y su fusión con su odiada hermanastra, la Policía Metropolitana. En los últimos veinte días se conoció internamente un dato que inquieta a muchos federales y tiene que ver con las brigadas de todas las comisarías. Se trata de esos agentes que andan de civil por la calle haciendo “prevención” y que, en la práctica, son quienes le cantan la “hoja de ruta” de la recaudación negra a cada jefe nuevo que llega a la jurisdicción. Son el eje del negocio territorial por izquierda que tiene la Federal desde sus orígenes, quienes conocen dónde y a quiénes cobrarles coimas en cada barrio. A partir de enero, cuando de este matrimonio forzado nazca la Policía de la Ciudad, las brigadas ya no dependerán de las 54 comisarías y quedarán a cargo de la actual Superintendencia de Investigaciones de la Policía Metropolitana. Allí estarán bajo el mando unificado del comisario Carlos Kevorkian, un federal travestido -así lo ven sus ex compañeros- a metropolitano por propia voluntad, años atrás.

Esta medida será acompañada por un importante recambio de los jefes de la mayoría de las comisarías porteñas; por el surgimiento de un modelo informático para diseñar los patrullajes desde la Jefatura; por la instauración de un tablero de control -el sistema “smart city”- de desempeño de los policías; y por la decisión de quitarles a las comisarías la tarea de recoger (y ocultar) denuncias, que ahora recibirán las Fiscalías vía web.

Todas malas noticias para los malos policías, que están inquietos.

Y lo demuestran con sangre.

Porque la corrupción mata. NR

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Fuente: Clarín

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